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Mostrando entradas de junio, 2019

Barcelona, campeona con Disfrutar y Tickets // The World’s 50 Best Restaurants

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En esta ocasión, The World’s 50 Best Restaurants ha resbalado, ya sin freno ni cinturón, por la rampa del lujo absoluto: de Bilbao y la ría de acero a Singapur, al complejo Marina Bay Sands, esas tres torres que representan el poderío de la ciudad-estado. Más que de cocina, esto (ya solo) trata de dinero. Consigue la gala quien más paga. Las oficinas de turismo lanzan miles y miles de euros o dólares para atrapar el episodio, y alguien debería fiscalizar si es rentable para el territorio. Ha ganado Mirazur, de Mauro Colagreco , y pese a que solo se ha movido dos puestos (El Celler de Can Roca y Osteria Francescana desaparecen por haber sido número 1), eso significa el colapso en el sistema de reservas. Lo mejor de la lista es la claridad del mensaje: solo hay un vencedor. Noma (que ha entrado de nuevo tras una reapertura), Etxebarri (¡un asador en el tres!), Gaggan, Geranium, Central, Mugaritz (¡eterno! 14 años arriba de todo), Arpège, Disfrutar (¡Barcelona Power!) y Maido acomp

Restaurante L'Horta // Tavertet / Osona

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L'Horta Call de Can Baró, 2. Tavertet T: 93.103.50.05 Precio medio (sin vino): 45 € Menú mediodía: 15 € (solo martes) Una voz que seguir en Tavertet Jordi Coromina es singular. La cocina de L’Horta es singular. Los trotamundos viajan a los hielos y a las selvas y a Júpiter para degustar localismos de dudoso valor gastronómico y que encumbran para justificar el penoso viaje. Entonces, ¿por qué no ir más cerca, hasta Tavertet y sus montañas, en Osona, donde encontrarán una cocina particular que está rica? Y eso que, durante la cena, hay un emplatado que me deja muerto, lo que indica dos cosas: que Jordi es un tío independiente y que le importa un bledo la belleza según la dictadura de Instagram. Romanesco laminado y aliñado con aceite, sal y vinagre de ajo rustido; debajo, oculta, una yema de huevo curada con soja y, a los lados, despreocupadamente, la cebolla tierna a

Marisquería Carballeira // Barcelona

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Carballeira Reina Cristina, 3 Barcelona T: 93.310.10.06 Precio medio (sin vino): 50 € Leopoldo Pomés y el placer sin complicaciones Después de sentarse y apoyar en la pared el bastón con mango de plata, Leopoldo Pomés abre una carterita y descubre una pequeña cámara Sony y un estuche con dos bolígrafos. Durante la comida en Carballeira, restaurante del que es copropietario y que festeja los 75 años, la Sony y los instrumentos de escritura seguirán en el mismo lugar, al alcance de la mano derecha, y solo al final disparará alguna foto. Porque camino de los 88 años, Leopoldo no renuncia a la gran imagen, o a la gran imagen pequeña. Preguntado por la búsqueda continua, cita a Goethe: «Pensar es más interesante que saber, pero menos interesante que mirar». Su hijo Poldo, que lo acompaña, ofrece un inesperado aporte cíborg: «Él querría tener una cámara en los ojos». La materia de la crónica es doble: la comida de Carballeira y la mirada de Le

Restaurante Oníric // Barcelona

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Taverna Oníric Indústria, 79. Barcelona T: 93.525.23.33 Precio medio (sin vino): 20-25 € Enganchado a la raya y a la coca He vuelto al local que ocupó el primer Alkimia, que ahora se llama Oníric y es el sueño de Miquel Centelles, que fue empleado de Jordi Vilà en Vivanda y en Saltimbocca/Dopo, aquel italiano que se fundió como la mozzarella. Oníric es una taberna, palabra que junto a bodega ha regresado a nuestro vocabulario limpia de telarañas y termitas. Pequeño formato que busca la bulla y la desenvoltura, tiene en Barcelona algunos representantes de última hora, con propietarios sin canas: Pervers , Berbena , L’Artesana , Teòric , Last Monkey ... El que está más cerca de la estirpe rota de los bistronómics es Cruix. Los jóvenes chefs temen el término restaurante por lo que le suponen de solemne y lo que han conseguido es que ni las tabernas ni las bodegas modernas sean lo que sugieren ser. Tenga el apelativo que tenga, en O

Un árabe, un helicóptero y Bill Clinton

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Nunca pensé que cenaría a un metro y medio de Bill Clinton. Tampoco que llegaría a Nueva York en un helicóptero junto a dos pijos treintañeros ni que un hombre con chilaba estaría recibiendo auxilio médico en el helipuerto justo antes de que nosotros partiéramos. Parece una historia descabellada pero es una sencilla concatenación de hechos. Había viajado a la Gran Manzana –qué nombre tan ridículo– para pasar unos días con el cocinero José Andrés, que acababa de inaugurar el multiespacio gastronómico Mercado Little Spain con los hermanos Adrià. Dada la hora a la que aterrizaba y al punto al que iba –ese nuevo barrio llamado Hudson Yards, con seis rascacielos, y que se ha convertido en la ultimísima operación inmobiliaria de Manhattan al colonizar antiguos almacenes ferroviarios– me aconsejaron que volara en helicóptero desde el aeropuerto JFK, algo que me llenaba de inquietud y calambres después de ocho horas encajado en un avión. Fue llegar al