Cosas que ya no sé hacer



Órgano.





LECHE. Lo peor de hacerse mayor es que la nostalgia se expande como un pan mojado con leche, y ocupa cada vez más espacio. A medida que aprendes, vas desaprendiendo; a medida que dejas de ejercer, la capacidad se seca. Cosas que ya no sé hacer (y que alguna vez hice medianamente bien).



MASCARÓN. No sé ir en bicicleta sin manos. Lo he intentado, la última vez, de paseo con mis hijos. Apenas uso la bici. La bici es esa tarea pendiente sobre ruedas, arrumbada. Lo he probado. Suelto una mano. Vale, va bien. Suelto la otra, y no. Me acobardo. Recuerdo cómo viajaba en cruz; el cuerpo, erguido; los brazos, alzados, o rectos al lado del tronco, lejos del manillar. Avanzábamos todos, los niños, a gran velocidad. Sin manos, mascarones. Nuestros perfiles acuchillaban el viento.



EMPEINE. No sé subir a un monopatín. Cuánto daño nos hizo aquella película de Leif Garrett, el rubiales del Súper Pop. [Y cómo lo odiábamos]. Skateboard (1978), se titulaba. Nos regalaron las primeras tablas, maderas recias, sin fantasía. Éramos habilidosos, las colocábamos al revés sobre los empeines y, con un gesto, las girábamos y subíamos. Con un pie en la parte trasera, hacíamos trompos. Cosas básicas, aunque nos sentíamos equilibristas. Era una Sancheski, las ruedas gruesas, gomas rebozadas con las piedrecitas de las inadecuadas calles por las que avanzábamos a impulso de pata. Volví a subir en un monopatín y me quedé paralizado, incapaz de moverme, lastrado por el peso de los 36 años que me separan de 1978.



PALA. No sé jugar al pimpón. Ping-pong, decíamos. Tenis de mesa, prefieren los practicantes. Aún juego, pocas veces, una torpeza de ánade. Sabía entonces devolver la pelota sin mirarla. La mano entendía a la pala. Girabas la muñeca en un gesto mortífero. Ya no. En mi interior siento lo mismo, que devolveré con fuerza y picardía, pero en el exterior la mano y la pala son miopes, incapaces de acertar.



PINO. No sé hacer el pino. Solo me atrevo en la piscina, en la parte que no cubre, ayudado por la ingravidez. En tierra firme soy pesado. Todo será, al fin, cuestión de equilibrio, la bici, el monopatín, ser un hombre vertical en un mundo inestable.



TUBO. No sé bailar. Nunca fui un buen bailarín, puede que solo fuese una distorsión causada por aquellos destilados que, en las discotecas de los 80, metían en unos vasos llamados tubos. [Ahora somos tannn copa balón].



FÓSFORO. Nunca supe tocar la punta de la nariz con la lengua. Nunca supe mover las orejas. Nunca más he intentado encender un fósforo con las uñas. Nunca más he pedido una moto prestada y he saltado un terraplén. Aún puedo doblar la espalda hasta tocar el dedo gordo del pie. Aún sé tirarme de cabeza a la piscina. Aún sé hacer ruiditos raros con la boca. Aún puedo hacer el muerto en el mar. Y los que saben hacer el muerto, sujetos por la sal, tienen la seguridad de estar vivos.








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