Japoneses incautos





Fue un comienzo de semana aciago. Un día, comí –intenté hacerlo– este irreconocible bacalao desenterrado del fondo del congelador, aún con restos de mamut enganchado. Hay restaurantes que debería ser juzgados por lo criminal. Al siguiente, la paella de contenedor que se cuenta en el artículo.






BOSTEZAR. Cuando un político declama en un discurso que tiene “un sueño”, los ciudadanos bostezan.


JAPONÉS. El restaurante es truculento, estilo mesón años 70. Están especializados en arroces. Jamás hubiera entrado en este antro con interiorismo de Drácula de no ser por un amigo (sí, lo sigue siendo). Al sentarnos hay dos mesas, una es de japoneses con una guía de papel, encorvados y silenciosos. Piensas: pobrecillos, se han equivocado (pobrecillos también nosotros). La paella es dulzona (qué raro, lo habitual es usar la sal con pulso de maniaco); el servicio, más corto que una servilleta de papel. Los platos merecen la bendición del basurero.


UÑA. Morderse las uñas es un acto de canibalismo periférico.


LAZARILLO. Al rato, entra otra pareja de japoneses, jóvenes y tímidos, aferrados a la guía como si fuera un perro lazarillo. Sé ya que la respuesta a qué hacen aquí, en este agujero espacio-temporal, lejos de las habituales rutas pantanosas, se oculta en ese libro, que algún irresponsable escribió alabando esta pitanza grasienta. ¿Typical spanish rice? Pasa a menudo, los escritores de libros viajeros están obligados a recomendar comederos y abrevaderos sin ser especialistas en gastronomía. En los viajes al extranjero, todos padecemos los gatillazos estomacales.


TELEPATÍA. Tras la cadena de la Diada, hemos sabido de la existencia de la política por telepatía. ¡El PP sabe lo que piensan los votantes, les leen la mente! Tengo miedo. “Escuchar a la mayoría silenciosa”, dijeron. Supongo que alguien se ha dado cuenta de la bobería lingüística que encierra la frase.


TIC. Nuestra perplejidad continúa con la llegada de otro nipón; este, turista solitario. Los de antes no hablaban entre sí, tampoco los recién llegados. Son comensales tristes y obedientes. El hombre sin acompañante fotografía cada uno de los servicios, incluso el café. Entre aficionados a lo culinario es frecuente que los platos sean devorados antes por la cámara o por el smartphone que por el cliente. Retratar la comida es una actividad contemporánea próxima al exhibicionismo. En el pasado, los amigos se torturaban entre sí con pases de diapositivas con monumentos, sustituidas por imágenes instantáneas de ensaladas de vanguardia desparramada. Que el japonés quiera retener la bazofia solo puede deberse a una dolencia de turista, a un tic que le obliga a fotografiar todo lo que se pone a tiro, de bocas de riego a palomas moribundas. Es una manera de entretenerse.


INCAUTO. Si ese tránsito internacional sucede un mediodía cualquiera, es lógico pensar que el restaurante vive de los incautos de paso. Si no van a volver nunca más, ¿para qué esforzarse? El propietario parece no darse cuenta de su atentado: cada visitante efímero es un potencial publicista o un cortador de cabezas. Las malas artes de unos cuantos emborronan la imagen de la ciudad. Las paellas guarras e indigestas son un tiro de perdigones en el culo de Barcelona. La buena reputación fluye, densa, hacia las alcantarillas.




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