Clientes y restauradores y la responsabilidad compartida









Durante los primeros días de desconfinamiento envidié las genuinas muestras de entusiasmo ante la posibilidad de regresar a los restaurantes. Habría querido estar poseído por el deseo de sentarme en una terraza y beber una cerveza como si hubiera sido la primera de mi vida o, más dramático, la última porque la primera, si no recuerdo mal, allá por la adolescencia, estuvo llena de gestos de desagrado. Tampoco sucedió el impulso. Sencillamente, no me apetecía.

He vuelto a los restaurantes de un modo profesional más que de una manera pasional y espero encontrar de inmediato un antídoto al desasosiego que me permita disfrutar de esos espacios en los que he sido tan feliz. Expresarlo de otro modo y escudarme en una alegría y un fervor que no siento es una hipocresía.


Me cuesta defender una llamada a la cotidianidad y al desenfreno. La locución Nueva Normalidad es venenosa. Nueva Anormalidad. Anormalidad. Anomalía. No me parece posible gozar con tantas normas y precauciones, con una atención y una tensión que desvirtúan el relax.

Los protocolos son, para mí, un desactivador del placer, necesarios, sí, pero tan erotizantes como meterse en la cama con unos calcetines de lana. Los acepto, me adapto, los sigo. Mi regreso a la actividad en torno a una mesa ha rayado la aprensión, de la que intento sobreponerme.

Esto va para largo, así que si ellos (profesionales de la hostelería) y nosotros (comensales) dejamos de respetar los códigos impuestos regresaremos a la primavera de muerte y encierro.

He visto camareros y cocineros con la mascarilla por debajo de la nariz o tan húmeda que podrían cultivar champiñones.
He visto propietarios chulitos con el tapabocas en la barbilla departiendo con los clientes con una camaradería asesina.
He visto comensales deambular por el comedor desprotegidos y acercarse a las mesas de conocidos a saludar mofándose de la distancia reglamentaria.
He visto clientes toser abiertamente, sin hacerlo sobre el interior del brazo, ¡después de tantos mensajes preventivos durante meses!

Sé que trabajar con mascarilla es como currar con alguien que te va abofeteando y que en cocina se la levantan y la bajan para probar la comida (y espero que cada vez cambien la cuchara), pero si prescindimos de ella, así como de la limpieza permanente de manos y la desinfección de los puestos de trabajo y los lugares comunes, empeoraremos las cosas.

Sobran, por peligrosas y ruines, las actitudes de esos irresponsables que se burlan de los que siguen las recomendaciones.

Cuesta mucho aceptar la situación: vigilar la separación entre mesas, estar atento por si alguien se salta a la brava el distanciamiento social, preguntar si la carta es de un solo uso.

Me han entregado una con la pegatina “recién higienizadas”; en otro lugar, el QR con el contenido estaba en un adhesivo en la mesa, ¡y qué práctico disponer junto al cubierto de una botellita de gel hidroalcohólico!

Vivo la sensación horrible de sentirme un bobo, un exagerado o un miedoso por pedir esos mínimos regulados por ley. Solo volveremos a disfrutar si todos hacemos lo que tenemos que hacer.

¿Alguien se cachondea de la seguridad alimentaria? ¿Se permite despachar comida contaminada, en mal estado, en un entorno sucio? En esos casos, los inspectores cortan cabezas sin miramientos. Entonces, el coronavirus, ¿nos lo tomamos a broma?

He comido sin compañía para escribir crónicas gastronómicas o con las personas con las que convivo y de hacerlo con otras, querría una distancia suficiente. En ningún restaurante lo he vivido: alejamiento entre mesas, y en la propia mesa. Sé que es inviable, más ruina para el establecimiento. Si no hay garantía de eso, ¿cómo quedar con amigos con los que no has tenido contacto físico en meses?

Este virus no solo corroe la salud, sino que carcome el estado de ánimo.


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