Croqueta de pollastre molt fluïda, ensaladilla russa, la terrina de porc (¡oh!) amb envinagrats, mandonguilles amb sípia, milfulls i crema de vainilla.
Para desnudarse no hay que quitarse la ropa. La intimidad ha sido violada por cada uno de nosotros. Hemos renunciado a lo privado: somos exhibicionistas con gabardina ante las puertas del mundo. Las redes sociales –en las que reina la gastronomía con plumas de pavo real– nos han penetrado hasta el tuétano. El primer impulso es pensar que somos activos –obsesivos– en busca de la gratificación inmediata. Colgamos una receta o la foto del plato de un restaurante a la espera de la reacción instantánea de los seguidores. Chuchos con la lengua fuera reclamando el premio. ¿Dónde está mi galletita? Si las adhesiones – me gusta , retuits, likes —no llegan, ¿qué hay que pensar? ¿Somos impopulares? ¿No atinamos con los gustos? En el futuro se adivinan sesiones de terapia para desamparados. Las redes son tam-tam de solitarios. Saciados de que nos rasquen la cabeza, de las alabanzas, con el yo masajeado y obeso, saquemos provecho de las millones de aport...
Bo de Bernat Comte d’Urgell, 27. Barcelona Tf: 934.067.542 Precio medio (sin vino): 12-15 € El chef filipino que borda la cocina catalana en Barcelona Algunos de los mejores platos de cocina catalana en Barcelona, y a un precio de risa, salen de las manos de una familia de filipinos, con Bernardo Dalisay a la cabeza. Lo he escrito alguna vez: la hipérbole es gastronómica, y no creo que haya aquí exageración, aunque sí grandes dosis de simpatía. Bo de Bernat se llama el sitio, a poca distancia del Mercat de Sant Antoni, a cinco minutos a pie de Can Vilaró y a la misma distancia del Gelida, en una virtuosa carambola a tres. Esta crónica homenajea también a la legión de cocineros filipinos que pueblan las cocinas barcelonesas, de cuyas habilidades se desconfía con paternalismo racista, como si el canelón o el 'trinxat' no se pudieran aprender y la transmisión fuera genética. Lo digo ya: es posible que quien salve el repertorio clásico del bar a la c...
La tortilla de patatas es un ring. Los 'concebollistas' y 'sincebollistas' presentan a sus campeones para resolver una disputa en la que siempre hay huevos estrellados y lloros (la cebolla tiene eso). Reto a los diseñadores de videojuegos a programar una lucha a muerte con el título inequívoco de Tortilla Fighter. Yo lo tengo claro: la tortilla a la que se la priva de la cebolla es como Kenny G sin saxofón (puede que no sea el mejor ejemplo: apoyo que se le retire el saxofón). Miguel Puchol, dueño de Mantequerías Pirenaicas (Muntaner, 460), está de acuerdo: su amor al género, que lo hace viajar en busca de droga amarilla, ha conseguido poner en el plato una de las mejores tortillas de Barcelona, en colaboración con el cocinero Alberto Soriano. ¿La mejor? Escribir eso sería decapitarla. Porque los tortillólogos sacarán sus listas afiladas como guillotinas. Pacifiquemos: de las mejores. Mantequería es una palabra que derrama nostalgia, junto con colmado y ultramarinos. Es...
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