¿Con o sin?




He comprado unas tortas de aceite en un súper: crujientes, livianas, buen punto de azúcar y anís. Al lado, la versión supuestamente saludable: sin azúcar.
Leo la etiqueta con espanto por el colocón de betún que propone: de los cuatro edulcorantes que sustituyen al azúcar, tres son derivados del petróleo. A mi entender son peores las sin, desbordadas de aditivos, que las primeras, con el refinado peligro blanco.
El problema de lo sin –con tipografías grandes de márketing rabioso– es que oculta la perversión del con, confinado a la letra para lupa de la etiqueta.
Cuando un producto es sin, la carencia es compensada con un exceso de con disimulado. La palabra que hace tilín a los publicistas es gluten, o su ausencia. Ya todo es sin gluten: y está bien indicarlo con claridad para advertir a los celíacos. Aunque a menudo parece un chiste: hasta las latas de berberechos están mataselladas con sin.
Saber que algo no lleva azúcar es esencial para los diabéticos, saber que ha sido sustituido por maltitol, ciclamato, acesulfamo-k y sacarina, asunto de todos.
Lo light murió atropellado por la locución bajo en, asaltada ahora por la preposición sin.




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