Con el Etna a lo lejos / Sicilia, 2008 // Diario de un omnívoro









[2008]


Con el Etna a lo lejos



Jueves

Sicilia no es Italia. Es otra cosa. Más bien al revés. Italia es Sicilia. El caos, la desaparición del Estado por los sumideros hacia la alcantarilla. Si eres un conductor temeroso y ateo, reza a Dios, cierra los ojos y comienza a conducir. Solo así llegarás a tu destino.

Entre fumarolas de azufre, un destello, Taormina, que no es Sicilia. Es otra cosa. Algún día, Sicilia será Taormina, una población de verano agarrada a la montaña con el Mediterráneo besándole los pies. He escrito una frase cursi: qué queréis, pasé demasiadas horas entre la inmundicia de Palermo.

Enfrente, el mar, de un azul vicioso. A un lado, el volcán Etna, la amenaza permanente, coronada por un penacho blanco de humo. Señales indias de guerra.

Reservamos mesa en La Capinera seducidos por François Simon, crítico de Le Figaro, que lo recomienda como un lugar al que siempre volver. Lo siento, François pero no regresaré a La Capinera. ¿Es un lugar malo? De ninguna manera: hay miles parecidos en el mundo. Cierto que delante tienes el golfo de Taormina, un mar de pateras, pero también la hormigonera de una obra a medio acabar.

Cada media hora un tren de mercancías corta la noche a su paso y por encima de la cabeza, la autopista entre Messina y Catania. Una pena de terraza, pudiendo ser bella es un recibidor tumultuoso. El chef Pietro D’Agostino no está en la cocina, sino en esa terraza ruidosa charlando con unos y con otros. Chef y patrón, dice su tarjeta. Sólo vi al patrón.

Entre hielos, un blanco siciliano, Vioca 2006. Para entretener, los panes, hechos en la casa, gomosos, henchidos de humedad.

La ensalada tibia de farro con verduritas era pasable; suntuosos (y escasos) los raviolis de gambas rellenos de tomate y queso, una suerte de involtini a la siciliana que anulaba la delicadeza sin cocinar del crustáceo envolvente; el plato de crudos, pez espada, sepia, atún, cortado a láminas lo habíamos comido en otros restaurantes, viejos carpazzios de los que se abusa y que los pescadores deben mirar con asco y perplejidad.

El cordero con costra de queso y mostaza era perfecto, uno de los mejores de los últimos tiempos. La grappa fue estupenda, la erupción del Etna en el estómago.

Entiendo a François: probablemente haya vivido aquí experiencias, incluso sentimentales, que yo no tuve. Hay lugares intransferibles, personales. Fui en busca de una cena memorable y no la encontré. Soy un crédulo.


Viernes

Regreso a Palermo, a tres horas de autopista agujereada desde Taormina, y es como el patio del recreo del demonio.

Contenedores desbordados, olores nauseabundos, basura esparcida por las calles, aceras reventadas, asfalto bombardeado. Los conductores usan sus vehículos como navajas: si no te apartas, te rajo.

Anochece y el barrio de la Kalsa es una ruina que tardará siglos en ser reconstruido. En la plaza Croce dei Vespri, la Osteria dei Vespri, en los bajos del palacio Ganci, donde Visconti rodó el baile de El gatopardo.

A la sombra del palazzo, el chef Alberto Rizzo sirve una terrina de conejo con pistacho y anelletti con ragú de pulpo.

Es medianoche en Sicilia –frase en homenaje al grandísimo libro de Peter Robb—y en el empedrado de la plaza silenciosa, ya sin coches, baila el fantasma de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Sicilia, a esta hora, es otra cosa.


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