Cena con Montalbán (o). Un encuentro con Camilleri y Montalbán hace 15 años




Durante algunos años escribí una crónica diaria, una crónica urbana, en El Periódico de Catalunya, que titulé con vocación cívica y andarina como Paso de peatones. Recupero esta para celebrar el premio Pepe Carvalho al escritor siciliano Andrea Camilleri, de 89 años, que vencerá la vejez para viajar a Barcelona en febrero. El día 6, en el acto más emotivo, y es posible que irónico, de la BCN Negra (del 30 de enero al 8 de febrero), Camilleri y Vázquez Montalbán volverán a encontrarse.

En febrero de 1999, hace 15 años, los dos amigos cenaron juntos en Barcelona. Esta es la crónica de aquella velada, de la que fui comensal, con otros periodistas, y discreto testigo.





Andrea Camilleri y Manuel Vázquez Montalbán en Barcelona en febrero de 1999.
Foto: Joan Cortadellas






Una cena con Montalbán (o)




El miércoles, a la hora de la cena, el escritor Andrea Camilleri se sentía como un fardo, tal vez como un bulto noble, hecho más de seda que de saco, pero fardo al fin y al cabo. Pesado, cansino, de lento movimiento

Lo que le sucedía a este vigoroso anciano era digno del análisis de un sociólogo o de un crítico de tele, que viene a ser el mismo oficio de mirón, pero adaptado a estos días de técnica, bizqueo y sofá.

Andrea Camilleri (AC), 73 años, siciliano, guionista, director de teatro. Y ahora, repentina, extraña, rutilante estrella de la novela.

En los anales de la modernidad, ese telegrama urgente, estaba perfectamente documentada la imparable ascensión de cualquier joven al Olimpo de la Croqueta, así que lo que de verdad producía admiración era que un hombre patriarcal estuviese viviendo la misma experiencia chispeante.

AC merecía el éxito (y sus dulces incomodidades), pero era triste que el reconocimiento le hubiese llegado tan tarde. No era que AC se mostrase apesarado por el retraso, al contrario, parecía feliz y adaptado como un chaval a este protocolo, sólo que su cuerpo de estibador maduro habría agradecido los trotes con una edad más liviana.

Y ahora cumplía su último compromiso, tras un par de días de sentirse un híbrido entre el Papa y Mick Jagger, dos especialistas en liturgias de masas.

La última comparecencia era en compañía de Manuel Vázquez Montalbán (MVM) y sus editores españoles (Destino, Emecé y Edicions 62), en una especie de fin de fiesta, que, visto el agotamiento de los dos principales invitados, parecía un acto de fin de milenio.

MVM acababa de llegar derrengado de México, donde había sentido el cálido aliento de la selva Lacandona y del subcomandante Marcos, por lo que tomaba la forma de una terracota precolombina.

AC había bautizado a su más logrado personaje literario como Montalbano para honrar a Montalbán.
Entre AC y MVM existía el mismo número de sutilezas que entre el comisario Salvo Montalbano y el detective Pepe Carvalho: eran de izquierdas pero con distinto tono, eran buenos pero con distintas benevolencias, eran cultos pero con distinta cultura, eran gastrónomos pero con distinta exageración. Más que parecidos eran afines, así que ambos irradiaban un calor de guarida.

A pesar del reventadero promocional, AC fumaba con pasión adolescente y hablaba sin parar. Tenía voz de hebra, negra y picante. Comía con un hambre elemental y entre cigarrillo y cigarrillo narraba historias que recordaban a la aulaga, planta bella y dolorosa, con púas y flores amarillas.

No se sabía qué era cierto y qué inventado, así que cuando explicó la siguiente fábula, los comensales se preguntaban si era pura o forjada.

Cayó un lienzo al Mediterráneo, un mar oleoso.
Un avión halló el cuadro flotante en perfecto estado, tal vez por la excelencia de su barniz.
La marina está colgada en tierra firme, en el Museo del Prado.

MVM también tenía cuentos, pero los suyos eran tan auténticos que dolían. En el fondo de sus ojos estaba la máscara de Marcos.

MVM le había llevado cuatro kilos de chorizo, turrones y un jamón envasado al vacío, como una especie de ángel ultramarino de la paz y la revolución entre los hombres de buena voluntad.

El maestro MVM estaba impresionado. "Marcos tiene un pensamiento nuevo, alejado de la ideología tradicional y del vocabulario marxista. Me pareció sólido, íntegro y profundo". ¿Su destino es el de diputado integrado en el sistema o el de mártir acribillado? "De escritor".

Allí estaban AC y MVM con unas vidas plenas y, por tanto, llenas de acumulaciones. La promesa blanca de una cama sobrevolaba esas calvas tan fértiles. Uno era el escritor más leído de Italia, a punto de una gira rocanrolera por Francia y Alemania. El otro, el escritor en su estado más puro.

Montalbano. Montalbán. Sólo se diferenciaban por una o, una letra pletórica y bien alimentada que no sabía de dietas.




Comentarios

  1. Gracias por invitarnos a cenar con Camilleri y Montalbán: espléndida cena. Con tu permiso, Pau, me gustaría invitar a tus lectores a descubrir (o recordar) qué libros lee Montalbano entre caso y caso:
    http://despuesdelhipopotamo.com/2013/07/24/montalbano-lee/
    Un saludo cordial.

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  2. Muchas gracia a ti. ¡Un buen enlace!

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