Los mapas del horror y 2 // Mediterráneo








[En junio del 2001, viaje a Tarifa para hacer un reportaje sobre los desaparecidos en el Estrecho, que titulé Sepultados detrás de una D.
Entonces se contaban a cientos los inmigrantes ahogados.
Hoy son miles]







En el cementerio de Algeciras (Cádiz), un laberinto de cal y flores de plástico, hay 99 nichos con una letra y unos guarismos indescifrables.

Una ominosa D escrita sobre el cemento con la punta roma de la paleta.
D de diligencias (y faltaría la J de judiciales).
D también de desaparecidos.


El mortero protege los despojos de los inmigrantes anónimos que se ahogaron en Tarifa después de 1995.

Los precedentes --28, llegados al abrasador camposanto en una fecha sin determinar-- fueron sepultados en fosas comunes.
Un adverso día salieron de sus casas. Alguien debe estar aguardándolos.
Alguien que mira una foto.


Evaporados como el rocío en el Sahara. Sus familias los llorarían si supieran dónde depositar ese ramillete de lágrimas.


En el 2000, 50 marroquís entraron en España sin vida, según las cifras con crespón de El Hor Mustapha, cónsul adjunto y agregado social del Consulado de Marruecos en Algeciras. 

De los 50, identificaron a 37 difuntos, que fueron repatriados tras grandes contrariedades. 

Los otros 13 están apresados tras una de esas compactas des.


Las palabras de Mustapha son taciturnas: "Hay que tener cautela con el número de muertos. Calculo que desde fin de 1989, cuando comenzó el fenómeno, habrán fallecido entre 400 y 450. Cuerpos reales, cuerpos que se pueden contar. Dicen que el Estrecho es la mayor tumba del mundo. ¿Cómo lo saben?".

En medio del mar, las olas son panteones.

Mustapha dejó de ir al tanatorio de Algeciras. Soñaba con aquellos lívidos seres: "Todos los cadáveres son iguales".
Sobre la mesa tiene un papel muerto. Es la fotocopia del carnet de identidad de Hanadi Sadik, nacido en 1976. Expiró el 11 de junio del 2001 a las puertas de esta salobre Europa.


En Tarifa, el mentón de España, el viento es inclemente.
Un enjambre de hélices zumba en las montañas. Propulsados por las aspas, los cerros están a punto de volar.
Parte del litoral --Barranco Hondo-- tiene un contorno de serrucho.
Las rocas dentadas rasgan las pateras.


El señor X pagó entre 100.000 y 300.000 pesetas a un patero para una travesía de pavor entre Tánger --o Ceuta-- y Tarifa.

Al señor X, a todos los señores X, lo llaman en Marruecos harrac. El que ha quemado su pasado. El harrac no mira atrás.
Algunos tampoco hacia adelante. Su futuro se escribe con una D.


Las frases de Joaquín Franco, alférez de la Guardia Civil, responsable de la seguridad de esta espina costera, abrevian la crueldad del melodrama: "Se ahogan en metro y medio de agua. Lo peor es que la mayoría muere en la orilla".


Las palabras de José Moreno Cárdenas, de la Cruz Roja de Tarifa, también dejan sin respiración: "Llegan de noche. Muchas veces no ven los arrecifes. Chocan, caen de las embarcaciones, se golpean la cabeza... Casi ninguno sabe nadar".


El señor X marroquí se arroja al mar antes de llegar a la ribera porque si lo detienen será devuelto a su país en menos de 72 horas.

Al señor X subsahariano no le importa que la Guardia Civil lo arreste porque lo dejará libre tras entregarle una tarjetita, que le exhorta a salir de España. Por supuesto no se largará. 

La consecuencia de los dos comportamientos es la siguiente: los magrebís perecen en mayor número.


A veces, el patero echa a los señores X por la borda para que no lo atrapen con un flete de seres humanos.

En otro tétrico episodio, la masa viajera asfixia a uno de los compañeros. "O sufre quemaduras por la mezcla de gasolina y agua salada", añade el alférez Franco. Y lapida: "Mueren pudiendo salvarse".


El cadáver del señor X ha llegado a la playa.


Cárdenas recuerda a un niño de 14 años al que el mar desnudó.


El alférez Franco habla sobre la aplastante bienvenida que le dio el Estrecho: "Subí a la patrullera y había seis cuerpos. Tres adultos. Y, al lado, tres niños".


Rodrigo Serrano, jefe de Protección Civil de Tarifa, lleva una contabilidad oscura: una treintena de fallecidos desde enero: "Tiemblas cuando ves a una mujer o a un menor. No te acostumbras a eso".


La funeraria Sefuba se ha especializado en el transporte de difuntos a Marruecos. El consulado la recomienda por sus precios.

Mustapha censura: "A veces había abusos con los traslados. Cobraban entre 400.000 y 800.000 pesetas". A las familias pobres a cambio de su pobre hijo. Sefuba se embolsa 300.000 pesetas. Pero antes deben encontrar a los parientes del finado. En paralelo a las pesquisas de Sefuba, se despliegan las de la policía judicial, morosas por las ramificaciones internacionales.


Envuelto en plástico, una buena parte de los señores X oculta un papel con un número de teléfono. También un móvil, que en alguna ocasión ha servido para dar aviso del naufragio. Tal vez una fotocopia del documento de identidad.
Y un saquito con garbanzos cocidos para sobrevivir en el monte.


En una ocasión, Martín Zamora, director de Sefuba, y su hermano Ángel deambularon por el centro de Marruecos con una desoladora carga: las ropas de 14 ahogados, secas como algas.
De aldea en aldea, los Zamora colgaban esas esquelas de un alambre para que los deudos supieran de los óbitos: "Las escenas eran terribles. Algunas mujeres se golpeaban las cabezas con piedras".

Desde enero han repatriado a 20. "Es muy raro encontrar a una familia que no quiera recuperar el cuerpo", dice.


En el tanatorio de Sefuba, un perturbador edificio recién inaugurado en el pueblecito de Los Barrios, al lado de Algeciras, está congelado el extinto El Hassara Malha, de 42 años. Tras un mes de estériles indagaciones, han dado con un pariente por azar.


Si el señor X no consigue un nombre, el Ayuntamiento de Algeciras se hará cargo del cadáver. El consistorio paga 85.000 pesetas por un entierro de beneficencia.
A los cinco años, el señor X será incinerado.
Se volatilizará definitivamente.
Alguien seguirá aguardándolo..
Alguien que mira una foto.




 

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