Razias de verano en Barcelona (2): carpacho, pato, conservas, hamburguesa, Pantera Rosa, paella






El menú de mediodía de Nass (Judici, 5), en esa Barceloneta naufragada por los turistas, cumple.
Por 12 euros puedes tomar un carpacho de vacuno (escriben buey y no es cierto) con rúcula y parmesano y un buen arroz caldoso, que en agosto es como meterse en una sauna.

A esos precios, te preguntas cómo se lo monta Rachid: un mago con manos naranjas.

A mejorar, la distancia entre mesas: sabrás que es sentirse acordeón.







Este verano he ido algunas veces a Chen Ji (Ali Bei, 65). Los comensales sensibles se agobian con la mesas de formica, la calor pese a los ventiladores, la avalancha de chinos, los pañuelos de Mercadona a modo de servilletas, la difícil comunicación con los camareros (y luego quieren que funcione la ONU). Se come muy bien a precio ridículo.
Cuidado con las cantidades que se piden. Más de un plato por persona es una barbaridad. Lo adecuado es compartir.

Los amantes de las vísceras encontrarán aquí el paraíso perdido. Los estómagos impresionables pueden palmear con el pato Pekín, uno de los mejores de la ciudad, a 12,50 euros el platazo. La mayoría de los clientes chinos eligen un combinado de un bufet a ¡5,50 euros! No seas rácano y aventúrate con la carta.





Dos conservas extra (paso de la ridícula palabra premium y de la superidícula superpremium) para una cocina fría, de ensamblaje: la codorniz desmigada de Almanaque (atención a sus alcachofas) y la ventresca de Marino Martínez de Luco. En un plis plats te aliñas un par de ensaladas con estos vicios.



                             
                               



Una visita contrariada a Pijama. Barcelona es Croquelona, Ensaladillona y, por supuesto, Hamburguelona. Un poco cansado del picadillo, que es molón y hipster y todo ese rollo gafapastil. La pareja propietaria de este corte y confección hamburguesero trabajó en La Royale y ha decidio seguir con la masa a precios más bajos. Pagamos 54,20 euros por tres burgers, un tiradito de atún (bueno; cuatro tiritas de pescado, tal como se aprecia en la imagen), unos tacos de morcilla (repitieron la guarnición de yuca) y una coca de sardinas (buena-buena), agua, cervezas y cafés, sin postres.

¿Dónde está mi queja? En la cocción. Pedimos dos al punto y una hecha (un comensal aprensivo, snif). ¿El resultado? Tres zapatos. No sé si la carne era buena porque el maltrato cárnico impidió el disfrute. La lechuga de la mía (foto) tampoco era de premio. Jóvenes y nuevos empresarios, hay que apoyar el esfuerzo, también el esfuerzo de los comensales por ir.



    





Regreso a la infancia con la Pantera Rosa. Dos unidades, un euro. Era mi pastelito preferido. No lo había vuelto a comer y dudo que lo haga de nuevo. Durante días corrió por mis venas colesterol rosa.









Conocía la edición original del libro en inglés (Phaidon) de Alberto Herráiz, que RBA edita en castellano. Libro precioso y didáctico, casi sufro un síncope estival en la página 134, al leer los ingredientes de la paella valenciana, no por la rareza ahumada del pimentón de La Vera, ni por la pimienta de Sichuan o el amargor de la salvia, sino por este golpe bajo:

"1 pastilla de caldo de pollo o 1 cda. rasa de caldo de pollo en polvo (opcional)".


En los años 80 del siglo pasado, la infección de los cubitos (glutamato monosódico a tutiplén) llegó hasta los más aguerridos cocineros de paella dominical, que en los paranys deslizaban la sustancia pecaminosa para potenciar el sabor de forma fraudulenta.


La práctica, creo, está erradicada en esos ámbitos de leña. Ningún cocinero doméstico debería tomar el atajo con aditivos.







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