Bokata de kalamar










El bocata de calamares no forma parte de los recetarios catalanes, si bien es una de las estrellas de esa bocadillería renovada que suma locales y acapara cartas en Barcelona.

Anillo tres de la especie: el de la Bodega 1900, el de Llamber y el de Entrepanes Díaz, que esta semana he tomado con gusto.
El molusco rebozado, dos salsas (una negra) y un pan ligero elaborado por el horno Sant Josep.

¿Por qué un bocado foráneo es aplaudido? Porque forma parte –para el paladar local– del exotismo molón junto al kebab, el bun o el taco, todos con gran tradición en otros territorios y que han sido adaptados a la kocina urbana y a los pulcros paladares de los usuarios. Así, bokata de kalamares para distinguirlo del ortodoxo.

Bocatas desprovistos de significado proletario, de conciencia social.

En esa liturgia de lo sofisticado, lo singular es el pan, que proporcionan los profesionales de la nueva horneada, esa élite de panaderos sin congelar.
Alta calidad en los fermentados, elipses que apetecen morder.

Son pedazos caros, que deberían ser degustados como plato y prestándoles más atención que la que merecen esos tentempiés de cartón que algunos llaman bocadillos.






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