Mentiras y mentiras



Estos pimientos (arriba) no son de Padrón. Son de nuestra terraza.





En gastronomía hay dos tipos de mentiras: las que no pueden recibir otro nombre y las generadas por contaminación ambiental.

Sobre las primeras, poco que decir, repugnantes, el que engaña a sabiendas es un sinvergüenza.
¿El pan? «Lo hacemos nosotros». Calumnia. Llega precocido y solo lo horneáis.

Las segundas, las del contagio atmosférico, son más delicadas porque más que mala fe lo que flota es la ignorancia, el descuido, la inercia.

Dos ejemplos clásicos: rabo de toro (o buey) y pimientos de Padrón. Ni lo uno ni lo otro.

Las colas que, masivamente se distribuyen no son de macho, castrado o sin castrar. Y respecto del vegetal, Padrón aún no es una localidad de Marruecos.

Cuando pregunto a cocineros y restauradores, alzan los hombros, acostumbrados a convivir con la ambigüedad. «Es vaca, pero todos escriben toro». Ese todos tan nebuloso en el que ocultarse.

Si la falsedad en el etiquetaje se castiga, ¿acaso esas pizarras o cartas que frívolamente publicitan productos con turbios enunciados no cometen el mismo delito?

Lo peor es que (algunos) críticos repiten los embustes sin vacilaciones, aceitando la patraña, repitiendo como el ajo.






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