Revolución Buti








[Este restaurante se ha trasladado a Badalona]



Butifarring  
Call, 26. Barcelona.
T: 93.412.03.14.
Precio: 8 €.




Revolución Buti





El pan de BonBlat, de Francesc Altarriba, ya vale una recomendación. “Es el 60% del bocata”, dice Albert Gómez, cocinero y socio de Butifarring.
“Un mix de coca, chapata y pan de cristal”. Es un hallazgo, crujiente y mullido: eso tan difícil de encontrar, acostumbrado a barras que podrían portar los antidisturbios en el cinturón.

He escrito otras veces sobre fast good, intentando buscar la excelencia en lo expeditivo (Sagàs, Fastvínic, The Dog is Hot, Bacoa, La Burg, Your Burg, La Guingueta), olisqueando lo que viene como un chucho, interesándome por nuevas formas de estar en la calle.

Se avecina el bocadillo sobre ruedas, pese a que colocar una furgoneta en la calle es más difícil que cambiar una rueda sin gato: Mr Frank and The Butis ruedan con veteranía, Paco Pérez tiene a punto La Carlotta y Caravan Made arrastra fans.

Me interesa de Butifarring varias cosas: que un cocinero, en este caso Albert, prospere lejos de un restaurante; que se haya preocupado de que cada parte del todo sea relevante y que esté en la punta de esa Revolución Buti que ha comenzado en Barcelona (Butipà, Hotdoks, Yango) y que ya señalaba la revista Dominical como tendencia del 2014.

El primer dispensario –tienen intención de expandirse y franquiciarse– se encuentra junto a la plaza de Sant Jaume, al otro extremo de Conesa, bocadillería decana. La butifarra como puntal de la independencia.

Hay algún problema de humos en vía de solución y un cambio de horno: estrenan un Josper, el Bentley de estos artefactos. La brasa da esa nota de humo que envuelve nostalgias.

Albert es cómplice de todo el proceso. Con Ferrer, las salsas, orgulloso está del allioli y la brava (“al estilo madrileño, y ese toque de pimiento de mi abuela”); con BonBlat, los panecillos y con Mitjans, las butifarras rellenas.

Hace años que los charcuteros embolsan carnes con ingredientes y a ese embutido fresco se ciñen en Butifarring. Pan, carne y poco más. Lo opuesto es usar una salchicha neutral y realzarla con añadidos, eso que en el negocio llaman toppings.

Mi ejercicio, a pelo o piel, es satisfactorio: muerdo con gusto la de queso azul, la de escalivada y, sobre todo, la de calçots (“tendremos hasta junio”), esta sí, con unas pinceladas de romesco. La desnudez me gusta porque es arriesgada: carne y pan se acoplan como una pareja competente.

Un par de cañas de Cervesa del Montseny y una cajita de patatas al caliu, rústicas, rociadas con la brava, poco impetuosa. Picoteo frankfurt y bratwurst, incluso una morcilla de patata, en la que la sangre ha sido sustituida por albúmina. La porción es demasiado pequeña para que pueda juzgarla.

Fast food, camionetas, rulots, un universo en torno a la velocidad que la legislación obliga a aparcar, sin circulación por las calles. Qué curioso: la comida callejera, el street food, es aquí un ejercicio bajo techo.





Atención a: la máquina de auto-pago.
Recomendable para: los que tienen prisa y paladar.
Que huyan: los que creen que todos los fast food son veneno.






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