La obscenidad de la máquina













VIEJO. Soy tan viejo que he jugado a squash.


FILIGRANA. Huroneé en internet en busca de fotos de la plaza Durbar, en el corazón de Katmandú. Los monumentos y sus exquisitas filigranas que había visto durante un viaje eran montañas de cascotes. Bajo esas cordilleras perecieron muchas personas.


CENIZA. Destruir es un acto sencillo. Cuando la tierra habla, enmudecemos. En el techo del mundo, los nepalís habitan cerca de los dioses. Pero los dioses han muerto. Las plegarias rebotan en los palacios vacíos.


SACRIFICIO. En un septiembre de hace mucho, asistimos en la plaza Durbar al desfile de los grandes y peligrosos carros a tracción humana en honor de la kumari, la niña diosa. Cientos de personas arrastraban las moles de madera con ruedas medievales. Sacrificaban aves para que nadie resultara herido durante el viaje de la pequeña. Era un espectáculo atemorizante y sumiso. El rugir de la masa para trasladar deidades.


GREMIO. La kumari ha sobrevivido al terremoto. Los supersticiosos –entre ellos el padre de la niña– dicen que los dioses la han protegido. ¿Acaso el hombre no se da cuenta de la provocación? Porque se trataría de un insolidario comportamiento gremial.


LOGARITMO. Quise saber –por nostalgia– en qué estado había quedado el hotel Yak & Yeti, en el que una mañana desayunamos con Donald Sutherland. Él, en su mesa y, nosotros, en la nuestra. Ninguna acción es inocente en internet y las cookies –esas amargas galletas espías– transformaron mi curiosidad en comercio. Durante varios días, las sugerencias para ir a la devastada capital fueron incesantes: “Viaje a Katmandú”. Leía cualquier página –la web de un periódico, por ejemplo– y ese anuncio me pegaba en los ojos. ¿Comprendía el ordenador el desdichado destino al que me mandaba? El algoritmo que empujaba aquello era obsceno. Lo peor era la racionalidad del programa, exento de sentimientos. Había sido diseñado como auxilio, para asociar gustos, aunque sin la posibilidad de comprender, de verdad, a los seres humanos.


CADÁVER. “Yo soy más de (Eduardo) Galeano que de Juego de tronos’” (Juan Carlos Monedero). Qué bien queda vestirse con los cadáveres y su prestigio: nunca protestan. Monedero –y sus ganancias– reivindica compromiso latinoamericano para avergonzar al otro, a Pablo Iglesias, de profesión, sus televisiones. Monedero, qué gran verdad si hubieras dicho: “Yo soy más de (Carmen) Lomana y Supervivientes que de Juego de tronos’”.


MÁRMOL. Yanis Varufakis, ministro de Finanzas, se acerca al ideal griego. Estatua de mármol, le han cortado los brazos. Pronto, la cabeza.


MINUCIA. Catar ha pagado a Francia 3.700 millones de euros por unos aviones de combate. Esa Francia tiroteada por el Estado Islámico. ¿Ciudadanos del emirato han financiado a los terroristas? Bah, ante un buen negocio, dejémonos de minucias.







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