Manzana con jengibre // Una receta contada













En el plazo de un mes me han ofrecido una tatin en tres restaurantes de menú.

Puede que el pastel decimonónico, cuyo origen podría estar en 1889, se ponga de moda y releve a los infames carpachos de piña, esa ridiculez en lonchas.

En los tres, la comida fue mediocre, si bien el postre resultó fantástico.

¿Por qué si se esmeraban con el final habían sido descuidados en lo precedente?

La respuesta hay que buscarla en el nuevo interés social por la pastelería.

La invasión de los cupcakes ha tenido como efecto indeseado las colas en las consultas de los dentistas y como argumento positivo que la ciudadanía haya tenido ganas de pastelear.

La tarta de manzana que se propone aquí aún es más sencilla que la tatin, puesto que no hay que cocinar la fruta, ni lleva mantequilla ni se monta al revés.

Extender una hoja de hojaldre, pincharla y alzar un borde.
Cortar trozos gruesos de manzana, disponer sobre el hojaldre, espolvorear con azúcar moreno y meter en el horno a 180º.

Fuera, y antes de que se enfríe, rallar encima jengibre.
He ahí la picardía del plato: esa raíz punzante y que da vidilla a la fruta cocinada y pocha.

Terminar con nata fresca, montada con el sifón (si no hay más remedio, usar un espray de súper), un toque de lácteo que domesticará ese jengibre malévolo, agazapado bajo la nube confiada, esponjosa y blanca.





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