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Mostrando las entradas etiquetadas como Reikiavik

Barcelona-Bruselas-Reikiavik-Oslo

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VAGABUNDO.  Por unas circunstancias atípicas, visité cuatro aeropuertos en tres días (Barcelona-Bruselas-Reikiavik- Oslo), de manera que durante muchas horas me convertí en ciudadano y vagabundo de esos no-lugares. En otros cruces internacionales, en olvidados viajes, encontré negocios de (púdico) relax e incluso un   sex shop , además de las habituales tumbonas masajeadoras (que, con la vibración, son parientes de los utensilios sexuales), pero jamás había visto unas bicicletas para cargar móviles y ordenadores. ENGALANAR.  Fue en Bruselas. Al mando de los pedales había un hombre uniformado, tal vez comandante: no sé distinguir rangos aéreos, terrestres o marítimos. El hombre se esforzaba como si afrontara una rampa del Mont Ventoux, aunque el objetivo era dar color verde a la batería. Engalanado y soplador, me hizo pensar que en un futuro habrá aviones  low cost   a pedales. BICICLETA.  Pienso a veces en las bicicletas está...

Frailecillo al queroseno // Islandia

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Viajé a Islandia sin suerte. Quise probar una cocina única, ártica, radical y di con platos mediocres (y alguno, incomible). Seguro que hay direcciones en las que brillan  –en esta época, hasta la medianoche– chefs finos o, al menos, con sentido común. O puede que haya demasiados foodies dispuestos a maquillar los viajes y contar vivencias inanes como experiencias definitivas. Según a quien leas parece como si en Reikiavik  se cocinara la siguiente revolución a fuego de volcán. Barbas rubias y tatuajes turbios: buenos ingredientes para algún congreso visionario. Dos cenas y una comida. Nos garantizaron que Sushi Samba (nada que ver con el original de Londres) era in y tenían razón: intrascendente. Los rollitos de salmón invitaban a salir nadando. El frailecillo había sido ahumado con queroseno. Lo único decente fue la mini hamburguesa de reno: me habría comido hasta los cuernos. Fue peor Kolabrautin, alojado en el edificio Harpa, la ópera. Bacalao ahogad...