Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como XL Semanal

Entra una jirafa y sale un hipopótamo // #CuentoTallaS

Voltio. Cuando Titus entró en el bufet libre estuvo seguro de que era el paraíso en la Tierra antes del pecado original, y con cocineros. Le había llegado a las manos un flyer con colores chillones y titulares con muchas admiraciones: “¡¡¡Coma hasta reventar!!! ¡¡¡Pague 20 euros y coma por 100!!! ¡¡¡El mayor bufet de la ciudad!!! ¡¡¡Entra una jirafa y sale un hipopótamo!!!”. Electricista de urgencias, se ganaba mejor la vida que un médico a domicilio. Solo por desplazarse cobraba 50 euros: el coste final de la chapuza doblaba esa cifra. Devolver la luz a una casa no tenía precio, decía a modo de justificación por las tarifas abusivas. ¿Qué hacía un médico volante?, ¿recetar un jarabe?, argumentaba con desdén. Dependíamos tanto de la electricidad, según su parecer de filósofo del voltio, que un día sin ella no solo era incómodo y caro (adiós víveres del frigorífico), sino que nos entregaba al miedo límbico (eso lo había leído en una revista de divulgación científica en la barbería ...

Se creían los mejores, se creían los peores // #CuentoTallaS

Jeringuilla. Se conocieron durante los años incandescentes del instituto. Aunque procedían de distintos barrios, coincidían en la clase social y en el disgusto. La estética punk los atravesó como imperdibles. Eran los raritos, eran los extraños, eran los marginados, eran los señores de aquel rincón del patio a la sombra de un platanero. Se creían los mejores, se creían los peores. Entre ellos y los demás había una frontera con dos fosos: el del miedo y el del desprecio. Los habían unido las chaquetas rotas de comando, las botas militares, los peinados de cresta y la música que sonaba como un nido de comadrejas matándose entre sí. Pero fueron las drogas las que los hermanaron. Brothers de jeringuilla. Platanero. A la sombra parcheada del platanero se constituyeron como grupo musical porque les parecía que para alzar la voz –para tener una voz– era necesario un micrófono. Tres chicos y dos chicas: Los Perros y las Perras, se llamaron. Fue el estado de ánimo de cada uno el qu...

Una chaqueta de piel humana // #CuentoTallaS

Taxidermia. Las chaquetas y los pantalones y los zapatos, ¡y los sombreros!, de piel humana se habían puesto de moda. Un viajero del tiempo llegado, por ejemplo, del lejano 2017 podría pensar que aquella era una sociedad de antropófagos que utilizaba las epidermis secadas y curadas de sus víctimas como vestuario después de saciarse con sus muslos. O que se había recuperado la taxidermia escabrosa del aún más remoto siglo XIX, cuando en la ciudad perdida de París los vivos blancos disecaban a los negros muertos para mostrarlos en las ferias y en los gabinetes de curiosidades, entre el horror y la piedad de los visitantes. Ese conocimiento mohoso había sido transmitido con tartamudeo y ya solo los eruditos sabían de caníbales, disecadores y racistas. Injerto. Las chaquetas y los pantalones y los zapatos, ¡y los sombreros!, de piel humana nacían en los laboratorios a partir del ADN. Al principio la cultivaron para injertos, para curar a los quemados, para reparar cuerpos. ...

Beeeeeeeeeeee // #CuentoTallaS

Salero. Germán era un hombre con grandes frases que jamás había pronunciado. Se vanagloriaba de decir siempre la verdad y eso era ya una mentira. Ante los demás fingía unas ingeniosas y abultadas respuestas que en realidad había meditado, e incluso escrito, incapaz del salero, la heroicidad y la velocidad de respuesta de la que se envanecía. Axila. A la hora de comer, momento que compartía con tres compañeros en un restaurante económico, explicó cómo paró los pies a un hombre rudo que se coló en la irritante fila del hipermercado. El individuo era un barril con roderas bajo la axila del tamaño de tapacubos y brazos como patas de hipopótamo. El tipo irrumpió al principio de la cola formada por tantos carritos como vagones en un tren de mercancías. Cargaba latas de cerveza esposadas con cepos de plástico. La acometida fue recibida con murmullos, pero nadie se atrevió a alzar la voz. Según su versión, él salió de entre los borregos para enfrentarse a la bestia. Le habló con la...

El método Annita para ordenar // #CuentoTallaS

Apocalipsis. Annita opinaba que ningún libro, y mucho menos una película, podía cambiar una vida. Había escuchado el comentario algunas veces, más por parte de los autores, pretenciosos y pretendidamente trascendentes, que de los lectores. No concebía que unas páginas pudieran alterar un comportamiento hasta volverlo del revés. ¿Cómo? ¿Cuál era la magia de las palabras? ¿Qué mensajes contenían y de qué manera penetraban en el interior de las personas y hacían cosquillas al cerebro y electrificaban las venas? No, se decía Annita, ningún libro puede ser tan influyente, ni siquiera la Biblia, y eso que explica el principio y el fin, la creación y el apocalipsis. Y creyó –rocosa, inamovible– en la futilidad de la escritura hasta el día en que compró el libro de aquella mujer. Arista. Paseaba por una librería en busca de un bestseller con el que apuntalar las vacaciones y se fijó en una mesa en la sección de novedades atarugada por decenas de libros de un solo título. Ejemplare...

El político del futuro // #CuentoTallaS

Pajita. Desde muy niño iba a la contra. Primero fue una defensa; después, un hábito; más tarde, una convicción; al final, una manera de estar en el mundo y lucrarse. Cuando comenzó a dar los primeros pasos, la madre lo cogía de la mano derecha y él se movía a su alrededor torpemente, sujetándose en las piernas de ella, hasta la izquierda. Le daban una cuchara para comer la sopa y él la cambiaba por el tenedor, exasperando a la familia por la lentitud y complejidad del acto. Agotado por la operación, buscaba una pajita para demostrar la negativa absoluta a la opción original. Chorizo. Sus padres nunca supieron por qué pudiendo elegir la cara siempre prefería la cruz. En la familia no había antecedentes de opositores estables ni la madre sufrió ningún percance durante el embarazo. Solo recordaba una crisis pasajera al quinto mes de preñez: ante una tarta de nata como fin de fiesta de una comida pantagruélica, prefirió un bocadillo con chorizo, lo que provocó comentarios per...

Jonás, negociante de aguas // #CuentoTallaS

Cenagoso. Fue un tiempo muy feliz que duró relativamente en un negocio tan cenagoso como el de la hostelería. Crear una moda –tendencia, dicen los especialistas en naderías, capaces de textos vacuos disimulados con purpurina– es caro y necesita de tiempo y de marquetinianos audaces. El gintónic es la prueba de cómo una bebida asociada a los vasos de tubo, las luces sucias y los viejos pubs con barras acolchadas y claveteadas ha remontado y vivido una inesperada y sorprendente edad gaseosa. Tintineante. Otras bebidas han intentado seguir el tintineante camino de cristal abierto por la ginebra y, pese a los anunciados renacimientos, jamás han desfilado entre cubitos grandes, semillas de cardamomo y cucharas con mango de serpentina. El mundo de Jonás es otro, más saludable y, oh, paradoja, base de las bebidas alcohólicas premium : el de las aguas gourmets. Premium : qué gran palabra con tan poco significado. El que la usó por primera vez era un genio. La gente lee o escucha...

Instrucciones para ‘haters’

Cero . Soy un abogado del montón, un leguleyo de casos pequeños. Divorcios en los que se reparte calderilla, disputas entre vecinos que se odian con solera, asesorías a empresitas con los papeles tiesos. Mi vida es tan corriente –estancada más bien– como la del más corriente de mis clientes. Tengo un hijo al que casi nunca veo por culpa de las malas decisiones: yo mismo llevé mi divorcio. Juego en un equipo de fútbol nocturno con otros parias del colesterol. Por cada carrera  –trote más bien–, habrá recompensa, al terminar, en el bar del polideportivo. Colegas, chistes, blasfemias, testosterona, quintos, gambas saladas y patatas bravas de consumo poco recomendable por sus salsas estomagantes. Mi vida privada es como una de las salsas: mejor no la toques o tendrás descomposición. Mi vida pública –pero a la vez secreta– es otra cosa. Soy un habitante de la charca con sapos y mosquitos anófeles de Twitter. Los blanditos me llaman hater o troll . Yo creo que soy un justiciero. P...