Un sábado cualquiera
El picantón del restaurante Grat de Sabadell. Un sábado cualquiera me habría levantado a la misma hora que un día laborable porque, a cierta edad, uno ya no duerme lo que quiere sino lo que el cerebro consiente. Después de un desayuno frugal con la vana intención de mantener a raya el colesterol –dos tazas de café corto, negro, imperativo–, la sesión sabatina de natación en el club en compañía de mi hijo mayor, con el que me comprometí hace cuatro años a hacer ejercicio (superados los 50) para combatir ese sedentarismo al que me ha llevado ser cronista gastronómico y con menos interés por el deporte que un oso hormiguero. Mil metros como mínimo de un tirón para acabar cuanto antes y poder ser libre del yugo acuático y con el remordimiento ahogado y ya desprovisto de cargas para el atracón a la hora de comer. Tal vez unas compras o un rato de lectura, zapeo entre la hipnótica pantalla del móvil y la de papel, novela o periódico. Reserva en alguno de nuestros restaurantes ...