Cuentos víricos // El misterio de la galleta
Tuvo muy poco tiempo libre en aquel viaje profesional a San Francisco, pero se saltó un par de tediosas conferencias para pasear por las calles. O cabecear o callejear, pensó, y se decidió por lo segundo. La hora de comer lo pilló en Chinatown. Caminaba y, de repente, una mujer salió despedida de algún lugar y le dijo con un grito y una sonrisa: “Es el mejor chino de la ciudad”. Ningún elemento externo indicaba que allí dieran de comer. Una fachada sin cartel y una puerta sin cristal. Entró y encontró un gran comedor desangelado como un piso de muestra. Mesas con protectores de plástico transparente y personas silenciosas y con prisa. Pidió cangrejo con pimienta negra y lenguas de pato, más que nada por salir de la rutina y poder contar a la familia alguna aventura y recrearse con la cara de asco del hermano. El cangrejo le dejó la lengua en llamas y las de pato, indiferente. Fue como masticar un chicle sin sabor. Al terminar, le acercaron con la cuenta una galle...