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Los mejores cafés de Barcelona: te quiero negro

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1. JORDI MESTRE, EL NÓMADA «No todo es tan negro», suelta Jordi Mestre (Barcelona, 1985) a modo de saludo. Especializado en el espectro entre el grafito y el ocre, que son los colores de la materia soluble que domina. Él, como los otros protagonistas de este reportaje, está detrás de la revuelta –aún en marcha– que intenta sacar la infusión del pozo o de cualquier otro lugar húmedo, siniestro y maloliente. «En un restaurante te queman el bistec y lo devuelves. Con el café somos poco críticos». Acierta en el diagnóstico: cuántas veces lo que bebemos está más relacionado con la escoria que con el placer. Los conocedores explican que se quema a partir de los 94 grados. Máquinas incineradoras para productos muertos. Tazas blancas con la boca ancha y la altura escasa, con algo que huele a rayos y sabe a culo de mono. Desde Nomad , Jordi combate ese veneno, el más común y tolerado. Un tostador (Roaster’s Home, donde Fran González se curra los granos), un laboratorio (Coffe La...

Café con cenizas

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CAFETERA.  La foto del funeral de Renato  Bialetti , fallecido en febrero a los 93 años, era tremenda. Un sacerdote con el libro de oraciones y, en un pedestal, una cafetera enorme. Una cafetera  Bialetti , por supuesto. La legendaria cafetera metálica, la llamada Moka Exprés,  versionada  –eufemismo– en tantos países. Las  Bialetti , informa el diario  Corriere della Sera,  ni siquiera se fabrican en Italia, sino que son producidas en Rumanía. Las identidades han sido descafeinadas. INFUSIÓN.  Fue Alfonso  Bialetti , el padre de Renato, el que en 1933, en su taller especializado en aluminio en Omegna, Piamonte, produjo ese cacharro (diseñado por Luigi de Ponti), del que se han vendido 300 millones de unidades. A menudo ignoramos el cuándo y el quién de los objetos cotidianos, y solo unos miles de esos 300 millones de compradores saben, al llevarse la taza a la boca, el nombre de la persona que les facilitó la infusión. ...

El tercer café // Un placer exprés

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El gusto de tomar un número concreto, y prudente, de tacitas Hubo un tiempo de cafeteras a medianoche, de las míticas Bialetti con perfil de arma de guerra, de torre de asalto. Por supuesto no se trataba de una auténtica Bialetti sino de alguna adaptación local de la marca italiana. Entonces, cuerpos jóvenes, era posible tomar una cafetera a medianoche e irse a dormir al poco sin que la cafeína asaltase los sueños. Desenroscar el cuerpo, llenar la base de agua, presionar la molienda con suavidad, aplanar la granulosa superficie, cerrar el instrumento, depositarlo sobre el fuego, escuchar el silbido, oler la primera vaharada de la infusión, estar atentos al borboteo para evitar que el líquido se quemase.  Qué absurdo: quemar un líquido. Luego, con la edad y las responsabilidades, perdimos el sueño y el poder sobre los estimulantes. Las cafeteras armadas fueron sustituidas por las domésticas de plástico que imitan las profesionales de acero. Como las p...