Cuando era niño, el viaje de Vila-real a Morella, largo, tedioso, mareante, tenía como lugar de paso Vall d'Alba, población a las que en unos segundos decías "hola" y "adiós". Hace unos meses, el destino final fue Vall d'Alba con el objetivo de conocer la cocina de Miguel Barrera en Cal Paradís, que la semana pasada recibió la señal de tráfico que más anhelan los restauradores alejados de las metrópolis: una estrella Michelin. Es en establecimientos como Cal Paradís donde el espíritu Michelin adquiere sentido, y sensibilidad, conectando con una función primigenia: la de orientar al automovilista. Como símbolo, la estrella es de la categoría del stop. Te coloca en el mapa. Te señala. Pero suele llegar tarde: el descubrimiento ya ha sucedido. Viajeros gastro, cronistas y diletantes fueron primero. Aunque jamás hay que descuidar el oficialismo de la guía, que siendo empresa privada parece tener la varita de lo consensuado. Cuando te toca, existes...