Guiri, sálvame el negocio // Comer en Barcelona (y 2)






La crisis permitió a los fabricantes de fiambreras entrar en una edad de oro: más bien de hojalata, o de plástico. Los astutos editores de libros gastronómicos, buenos olfateadores de tendencias, supieron leer con rapidez la necesidad y pusieron a disposición de la gente con urgencias de cocina unos recetarios con los que llenar maletitas para viajes tristes a la oficina.

Los restaurantes se vaciaron, las persianas bajaban y los diarios publicaban fotos de ciudadanos comiendo en los parques con cubiertos de cámping. Desde entonces permanecen, como ahorro y costumbre, esas reuniones de 'tuppers' en las catacumbas de los lugares de trabajo, donde los currantes comparten mesa y desgracias laborales.

De la crisis hemos aprendidos a ser prudentes y a desconfiar de los que predican la superación de los tiempos funestos.

Cada mediodía del año como fuera, y cada noche procuro hacerlo en casa, y me desplazo a establecimientos diversos, con más horquillas de precio que en una peluquería: de diez a cien euros (los menos, como es lógico). Y hablo con los propietarios y escucho las tribulaciones y los desencantos.

Los que se han especializado en la parte media-alta explican que son los extranjeros ('guiris go home? guiris, come to my home!') los que salvan las nóminas y que los barceloneses salen poco, que en las noches entre lunes y jueves circulan menos que los fiambres en el cementerio.

Los que alimentan a la población local, cocineros de barrio, intentan fidelizar con precios económicos y se alegran de haber superado la crudeza de aquellos momentos en los se resignaron a servir cervezas y cafés para que ocuparan las mesas los trabajadores a dieta de papel albal y bocadillo.

APERTURAS Y CIERRES

Todavía no he oído a nadie decir que hayamos regresado a la (engañosa) abundancia de la precrisis y que vivamos de nuevo como si no hubiera un mañana.

Continúa habiendo muchísimos cierres, y permanentes aperturas en un 'déjà vu' perpetuo, así que disiento de esos analistas del redoble de baterías.

Barcelona es una ciudad que aplaude la novedad y la olvida con la misma rotundidad palmera. Llenar un lugar es sencillo; hacerlo durante tiempo, complicado.

El estudio cifra la media por comida en 18,8 euros y es un guarismo bajo para los estándares europeos, pero probablemente correcto para los sueldos de este rincón del continente: en Estocolmo una flauta de cerveza cuesta la mitad de ese precio. ¿Cómo se hace la media? ¿Entre un frankfurt, un restaurante de 30 euros y un sencillo menú de mediodía? Aun así, para muchos comensales cualquier número es alto.


A menudo, a causa del trabajo de cronista gastronómico, me piden recomendaciones. Siempre pregunto cuánto quieren gastarse. “Ningún problema. Es para una celebración”. Y, diga lo que diga, acaba pareciendo demasiado.

¿Qué espera un cliente de un sitio con una factura de 50 euros? Majorets, desfile de elefantes y fuegos artificiales. Porque piensa en su economía. Pero no piensa en la economía de los que se flambean en el restaurante.

Malo si la salvación de la cocina barcelonesa pasa por los bolsillos de los extranjeros. Malo si los barceloneses no pueden gastar más de 18,8 euros en una cena.




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