El engaño de la caña














Corte 1

A algunos especialistas cerveceros les desagrada la palabra espuma: dicen que se refiere al componente de los lavavajillas y los detergentes y a la reacción resultante del contacto de esa sustancia con el agua y la fricción, y que se multiplica más que los gremlins a medianoche después de una ducha. Prefieren el término crema.

Enseguida saltarán, con el muelle de las cajas de sorpresa, los cafeteros para protestar por el hurto semántico. Y los pasteleros. Y los laboratorios fabricantes de cosmética facial. Y…

¿Qué más da si la llaman espuma o crema? Lo importante es la contención a la hora de servirla.




Corte 2

¿Qué es una caña de cerveza? Dicho de otro modo: ¿cuánto líquido cabe en una? Un misterio que ni los físicos ni los magos resuelven.


Pide una caña en tres sitios diferentes y la servirán con tres recipientes distintos y, por tanto, medidas. ¡Y precios! Porque la picaresca consiste en desear un pequeño trago con ese nombre estricto y aparecer, con un golpe seco en la barra, algo de mayor tamaño y precio.

La caña no es ni una copa ni una jarra ni una flauta ni una pinta ni un tanque. La caña quiere vaso y carrera rápida: 200 ml. Lo demás son trampas de tabernero felón para ganar algo más.



Corte 3

Antesala de placeres mayores, entretenimiento de adultos, brindis de urgencias.

Permite refrescarse mientras el cuerpo se prepara para la solemnidad de la botella de vino. O facilita acceder a otro chispazo aún con la ilusión del primer sorbo.

Porque en una caña el mejor trago es el primero. Aún mejor: el deseo de ese trago.

La caña es como un episodio de una serie de humor de 25 minutos: quieres más. Porque sigue fresca.



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