Patatas con sabor a vacío existencial










Hay que felicitar al ojo de halcón que fue capaz de encontrar uno de los característicos botes de 500 gramos de las patatas fritas Bonilla en la película Parásitos, ganadora de la Palma de Oro y de los Oscar y del corazón de los consumidores de chips. La marca se llama, de forma completa, Bonilla a la Vista y sí, había que tener una pupila entrenada para dar con esa aparición: precisamente a la vista no estaba.

La lata se encuentra situada bajo la mesa en el momento en el que la familia pobre se da un banquete a costa de los ricos. Es tan fugaz la irrupción como lo que dura ese producto gallego en nuestra casa. Insisto: que el patrón de los oftalmólogos conserve muchos años el cristalino del primero que alertó sobre el bonillazo. Ese flas en la penumbra ha proporcionado a la empresa de Arteixo una arrolladora publicidad.

Por fortuna, alguien de la producción de Parásitos tiene buen gusto y eligió esa marca y no otra de las decenas que tientan desde las estanterías de los supermercados. Los ingredientes extraños han parasitado las bolsas, con sabores que fuera de contexto son una agresión al sentido común: saben a huevo frito, a trufa, a vino espumoso, a pulpo a la gallega, a tortilla de patata, a caviar, a setas.


Es una aproximación a la realidad vía aditivos y espejismos. Y si se exploran los mercados lejanos, la aberración embolsada es tan impactante como el hijo que nacería de Alien y Predator: capuchino, kiwi, sushi de salmón o hot dog.

La industria demuestra que puede combinar cualquier cosa con solanum tuberosum, así que desde aquí sugerimos otras excitantes sensaciones, más acordes con este tiempo entre el coronavirus y el susto climático: con gusto a vacío existencial, a poca cobertura, a obsolescencia programada.

Me pregunto qué busca el consumidor de esos hijos del mal. ¿Ahorrar tiempo? Lo más aproximado a la comida del futuro en pastillas que nos prometieron son los crujientes dopados. Si comes una de las láminas fritas que saben a pulpo a la gallega, ¿qué ganas? ¿Ahorrarte ingerir el molusco con pimentón?


Estas patatas saborizadas son un fake gastronómico, una recreación de la realidad, pero no son la realidad, ni siquiera una aproximación. Son una sustitución. Se parecen tanto a la verdad como el holograma de un billete de 60 euros.

De alguna manera, el pulpo a la gallega también es partícipe de la falsedad: hay poquísimos ejemplares autóctonos y la mayoría lo pescan en aguas marroquís. Lo placentero y ordenado es comer primero las chips y, después, los tentáculos, gozando por separado de algo que unido (y recreado) no funciona.

La existencia de la trufa corresponde a un proceso mental: si no podemos pagar la auténtica, nos conformamos con catar la imitación y, así, formar parte del distinguido club trufero. Lo auténticamente revolucionario y socialista sería vender un caviar con sabor a patata.

Hace tiempo que las patatas favoritas de nuestra familia son las Bonilla y para reafirmarnos en el credo las hemos sometido, coincidiendo con el visionado de Parásitos, a una cata con las de churrería (los Bonilla también son del oficio), compradas en dos establecimientos distintos.


Las de churrero no han superado el corte: unas no tenían sabor; las otras, demasiada grasa. Las de la empresa coruñesa son crepitantes, gustosas, ligeras, nada grasientas: una obra de arte para un mordisco.

El cónclave familiar ha decidido que a partir de ahora conservaremos el bote y lo iremos rellenando con las bolsas de 300 gramos: ahorro y reciclaje.

¿Cómo hemos pasado de la excelencia que ofrece esta gente a la vulgaridad de las láminas aliñadas con glutamato monosódico? El consumidor tiene que ser consciente de que cuando adquiere un paquete con añadidos, se aleja de la patata y se acerca al nabo. Gozar con el placer de la patata, la sal y el aceite. Todo lo demás sobra.




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