Él sí era rock&roll (en memoria de Juli Soler)








1.

Algunos cocineros repiten –como si con la frase se bañaran en autenticidad– que la cocina es rock and roll.
Por edad, esos jovencitos deberían decir que es dance o dubstep, ¡o electrolatino! Pose y fanfarria.

Uno de los pocos que podían relacionar rock y cocina con legitimidad era Juli Soler, que fue el quinto de los Rolling Stones. Ni siquiera físicamente desentonaba con ellos.

En su biografía hay tanta música (oído) como gusto. ¿Y qué pasa con el tacto y el olfato? Otros dos atributos de los que iba sobrado como director de restaurante y sumiller.
Queda la vista: un gamo. Te distinguía a mil metros y corría y te abrazaba. Qué achuchones. Y qué coscorrones. 

Los méritos gastro de Juli son conocidos: si Ferran Adrià evolucionó la cocina, él hizo un trabajo parejo con la sala. Los dos llevaron El Bulli hasta el espacio exterior.

Los camareros –de ninguna manera en rango inferior a los cocineros– le deben haber pasado de ser portaplatos a comunicadores de platos.

En abril hablé una noche con su hija Rita y, conmocionado, comprendí lo que estaba por venir. Lo que ha sufrido la familia, con Marta a la cabeza, forma parte del amor que le profesaron.

Al saber ayer la noticia telefoneé a Ferran, que estaba en San Sebastián, y al que habían avisado de madrugada. Coincidía la muerte con las obras de Cala Montjoi: mientras se apagaba, el nuevo Bulli comenzaba a tomar forma.

Su espíritu habita la construcción.

«Tenemos que luchar por él –dijo Ferran–. No ha podido disfrutar de todo lo que viene». Lo que viene: una era que él cimentó.

Nunca más oiré su voz, a primera hora de la mañana, felicitando el cumpleaños.
Nunca más brindaremos con el blanco que le embotellaban y que llevaba a la mesa como una ofrenda.
Como muestra de amistad.
Como acto de generosidad.

Al salir, apaguemos con respeto la luz de la sala.




[Artículo publicado el martes 7 de julio del 2015 en El Periódico de Catalunya]




2.


Juli Soler es... Juli.

No existe otra definición más precisa... por imprecisa.


Es imposible delimitarlo, señalar el confín.


El Señor de El Bulli no cabe en una red, no cabe en una jaula, no cabe en una habitación, no cabe en cala Montjoi. Mejor frenar la enumeración para esquivar la cursilería. En estos momentos, ser cursis es lo último que debemos permitirnos.


Méritos gastronómicos aparte, –¡inventor de la sala tecnoemocional!–, Juli es un personaje, alguien con carácter, que desborda.

Cariñoso, mucho. Detallista, hasta el tuétano. Preocupado, de forma obsesiva.

Sufría como un mártir el reparto de reservas de El Bulli, sabiendo de la decepción de la mayoría por la imposibilidad de cazar una mesa.  

Peculiar, surrealista, voluptuoso en el trato y los afectos, cachondo, los ojillos de perdiz, o de perro perdiguero, la nariz de boxeador, la flacura que lo hace cimbreante. Es en esa naturaleza donde se ha ocultado la enfermedad.


Porque Juli es... Juli.


¿Cómo distinguir la particularidad de la excentricidad, finalmente dolencia? 


Solo los que lo han tratado saben del julismo, de la jerga.


Una brevísima antología:


«¿Hay cobertura?» (¿se puede fumar?).

«Eres lo mejor que he visto en todo el día».
«‘¿Cómo estás?’. ‘Bien’. ‘Eso es que no me has visto en bañador’».
«¿Feia molt temps que no havies vingut mai?».


Porque Juli es... Juli.

Cuando al verte agarraba tu brazo, sabías que en las horas siguientes escucharías el repertorio completo de frases registradas.


Los suyos, los camareros, los sumilleres, lo quieren, lo respetan, lo escuchan.

No es la cara B de El Bulli, sino la cara A, la a de amable, atento y anfitrión.


Felicita todo lo felicitable con correos en mayúsculas y admiraciones. Quiere fotografiarse contigo y, siempre, siempre, manda esa imagen conjunta, en la que sonríes mientras te tira de la oreja.


Hace un mes, la primera persona que me felicitó el cumpleaños fue él. ¿Cómo lo supo? ¿En qué cuarto de la mente archivó esa información innecesaria? Deseó, como de costumbre, que nos viéramos pronto. Telefoneó a hora Soler, las ocho de la mañana. Podría haber sido antes del amanecer. Dormía poco y mal, madrugaba. Pienso en las maragalladas y tal vez eso sea un diagnóstico. 


Inventor de El Bulli moderno, adivino del talento de Ferran Adrià, intuitivo, poseedor de una agenda de jefe de Estado, traficante de discos en su juventud entre Londres y Terrassa, ha sido fiel a los principios y a los Rolling Stones. Acompañarlo en el monovolumen Chyrsler, necesitado de un plan Renove, era volar entre los riffs de Keith Richards en una AP-7 transmutada en Ruta 66.


Si alguien quiere saber quién es Juli y cuáles sus méritos, tiene tiempo hasta febrero del 2013: será cuando cierre la expo sobre El Bulli en el Palau Robert de Barcelona. Esa historia es universal y viajará a Nueva York y Brasil.


Hay que proteger, blindar y lacrar la memoria de Juli, las vivencias, los recuerdos, las experiencias. Su cabeza es nuestra cabeza.


La familia, Marta –¡Marta!–, los hijos, Pancho, Rita y Júlia, ¿qué decir?, ¿cómo consolar? Estar ahí para lo que sea necesario.


Juli es... Juli. Lo mejor que he visto en todo el día.






[Artículo publicado el sábado 20 de octubre del 2012 en El Periódico de Catalunya]




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