Cuando escribo soy yo








ROTULADOR. Mientras escribía con un rotulador de punta fina, la persona a la que entrevistaba se quedó mirando el instrumento con pasión y complicidad. “Los uso siempre”, dijo. Era un utensilio corriente, uno entre un millón. Pero para él se trataba de algo excepcional.


GALIMATÍAS. Pasada la Semana Santa del 2015, este hombre comenzó a sentirse mal. Si cerraba los ojos perdía el equilibrio. Al principio no le dio importancia: asumía el mal como algo transitorio. Atribuía el achaque al atareado paso de los días, al obligado sometimiento a lo cotidiano. Una mañana que escribía a mano la letra le pareció de otro. Cuando alguien le preguntó qué significaba aquel galimatías de tinta decidió ir al médico. Le diagnosticaron un tumor cerebral. Los doctores decidieron una intervención inmediata.


BULTO. Al despertar después de la operación supo que había ido bien porque se sintió liberado. El bulto interior que nunca notó había desaparecido. “Lo supe enseguida. Me dijeron que iría mejorando poco a poco. Me sentí bien de inmediato”.


PUNCIÓN. En uno de esos días de posoperatorio pidió a la enfermera papel y bolígrafo. Le prestó un rotring. Maravillado, comenzó a escribir y volvió a reconocerse. Había recuperado la letra y con ella, la seguridad. Controlaba las palabras, lo que significaba que la cabeza estaba en orden. La mano ligera y la mancha deseada. Se sintió agradecido a la punta fina y a su precisa y agradable punción. “Desde entonces, solo uso eso y plumas. No había vuelto a la pluma desde niño. La pluma era un premio para los que aprendían a escribir”. Una pluma con la que sentir la escritura como algo físico, y emocional.


CINISMO. Por la calle, un joven de una oenegé interpela a los viandantes. Un momento. Un segundo. Son solo unas preguntas. La gente, escamada tras ser asaltada a diario por compañías telefónicas y otros sacacuartos, pasa de él. Suelta una súplica, que podría ser considerada cinismo: “Hazlo por mí”. No por los hambrientos, no por los refugiados, no por los enfermos, no por los presos políticos. Hazlo por mí. ¿Es un voluntario o un profesional? ¿Los hambrientos o  los refugiados son la excusa para actuar en beneficio propio? ¿O sencillamente lo usa como eslogan atrevido?


DESFACHATEZ. Mario Vargas Llosa ha sacado una novela con gran aparato propagandístico. Se queja de ser caza mayor para la prensa rosa y lo hace desde el comedor de la mansión de su novia, Isabel Preysler, cuyo estatus depende de lo que interese a esas revistas. Si Preysler sigue en lo alto del Índice Couché, los anunciantes firmarán o renovarán contratos. Lo sabe perfectamente Vargas Llosa, que al retratarse en los dominios rosas se comporta con una desfachatez impropia de un caballero. Lo quieren todo: el respeto y el dinero. La frase más repetida de sus novelas, estropeada por el periodismo cacatúa, es: “¿En qué momento se había jodido el Perú? [Zavalita]”. Convenientemente actualizada, esta versión  familiar: “¿En qué momento se jodió el ¡Hola!? [Chabelita]”.






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