Descorchar una botella // Un placer exprés



Descorchar una botella





El gusto por la primera copa de un tinto





Elegir adecuadamente un abridor es una tarea a la que hay que dedicar tiempo y ojo.

No todos los tirabuzones son capaces de atravesar el corcho. Algunos, inadecuados para la perforación, lo rompen. Ese sería el primero de los desastres, que podría ir seguido de otros: objetivos (vino contaminado) y subjetivos (no me gusta).

Si el corcho se desliza suavemente por el cuello de cristal –ofreciendo una resistencia que quiebra la muñeca avezada– la satisfacción comienza, y la acentúa el sordo flop que anuncia que el derivado del alcornoque ha salido.

Después se sigue el ritual del servicio, que algunos confunden con la violencia.

No hay que mover la copa como si se estuviera en medio de un terremoto o en una discoteca de los años 70.

El primer trago será único porque lleva aparejada la dicha del descubrimiento.
Hay que concentrarse en ese momento en el que el tinto (siempre tinto) está en la boca y, con lentitud, resbala hacia lugares ignotos.

Después la botella continuará siendo estupenda, pero menos porque lo que comemos interferirá con lo que bebemos.

Además, el líquido irá cambiando con rapidez por la intervención del oxígeno.

Las moléculas tienen prisa por huir tras el largo encierro.

Con la segunda copa aún mantendremos la ilusión, que en la tercera será rutina.






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