La mitad del libro // Un placer exprés






El gusto de regodearse en lo que queda por leer



Abrir una novela requiere la preparación de un maratoniano: no es una prueba de velocidad, sino de resistencia.

Son excepcionales los inicios con arpón, aquellos que se quedan clavados para siempre en la corteza cerebral. Lo corriente es comenzar de cualquier manera, confiando en la paciencia del lector.

La mayoría de las veces a la trama le cuesta aparecer, como a las cabras salvajes en las caminatas por la montaña.

Esta no es una página conmiserativa y, además, hemos llegado a una edad en la que el futuro se acorta: si la obra desapasiona, mejor sustituirla por otra. En España se editan 60.000 libros anuales, así que hay donde elegir.

Supongamos que la novela es fabulosa y que el lector está disfrutando como en un masaje a lo pulpo, a ocho manos.

El momento máximo de goce llegará a la mitad, metido de lleno en la historia, compartiendo felicidad y desdicha con los personajes, siendo otro sujeto de la narración.

Después todo se acelerará hacia el final, hacia esa última página que nos desgajará con violencia del mundo en el que hemos vivido.

Pero aún estamos a la mitad, con multitud de enigmas y vivencias ante nosotros. Hemos llegado hasta aquí, hemos subido con esfuerzo.

Descansamos un momento, oteamos el paisaje, tomamos aire y nos preparamos para bajar.







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