La cabeza más fea del mundo
Matraz. Cuando Samuel H veía una bombilla, pensaba en su cabeza. Cuando veía un nabo, pensaba en su cabeza. Cuando veía un matraz (cosa que no había vuelto a suceder desde las clases de química), pensaba en su cabeza. Era la cabeza más fea del mundo –nunca había preguntado a otros por la valoración: él la veía así y con esa idea se torturaba– y no por la forma de bombilla, nabo o matraz, sino porque los pelos que sobrevivía la colonizaban de una manera inarmónica. En otras personas, los oasis peludos se distribuían de una manera más lógica, siguiendo algún patrón, los meridianos craneales tal vez. En su caso parecían plantados por un jardinero loco. Guedeja. Había comenzado a quedarse calvo desde joven. Ya en el instituto, cuando las melenas crecían como bosques abandonados en las testas de sus amigos, la suya comenzó a clarear. Se le abrieron caminos a cada lado como salidas de autopista. No le dio importancia entonces porque las guedejas hacían la función de telones y t...