No comerás en los aeropuertos, no comerás en los centros comerciales, no comerás en los hospitales, no comerás en los parques de atracciones


















Estas imágenes dan asco. Es un reportaje de guerra. Los espíritus sensibles se retorcerán. Un desplegable de la sección de denuncia McHambre.

Son fotos de comistrajos que arrasan intestinos tomadas en parques temáticos de Francia y España, en aeropuertos y en el AVE desplumado. No hay testimonio de las áreas de servicio de las autopistas porque esquivo esos reductos como Bruce Willis el peluquín.

Son las llagas del no lugar, esos espacios comunes, apátridas e intercambiables, donde se respira aire acondicionado, escapes de perfumería y vaharadas de fritanga.

Bandejas ahítas de grasas animales, el salmón como pescado totémico y la presencia de vegetales frescos, reducida a ensaladas chernobilescas, con extraños trozos de pimientos rojos, la crujiente amargura. Los sádicos que diseñan esos bufets muestran obsesión por el pimiento rojo.

Como postres, azúcares refinados a los que pasteleros psicóticos dan formas redondeadas, evitado la arista. Los pasteles puntiagudos no son amables.

Las patatas fritas son una infamia congelada. Lo que une a todos esos platos de diversa procedencia es el tubérculo violado. Las patatas de la Tierra tendrían que alzarse en plan zombi y acabar con la Humanidad para vengar los ultrajes.


                                                                  * * * * *



En una reunión docta con académicos, un teórico del periodismo muy prestigioso del que nadie recuerda ningún texto periodístico lanzó a los especialistas gastronómicos una idea tan dura como una madalena caducada:

"¿Por qué no escriben ustedes sobre los comedores públicos y hacen críticas sobre lo que sirven en los colegios, en los hospitales?".

Ufano por denunciar la frivolidad del oficio, se acarició la respetable barba.

Mi respuesta tampoco fue amable. "Unos porque no son de acceso público".
Los comedores escolares están reservados a los alumnos. De poco serviría hablar de espacios vetados a los lectores.
"Los otros, porque son lugares a los que se va por obligación y no por deseo".
Los hospitales son lugares del dolor y la comida no es ajena a ese sentimiento.

No sé si el profesor se refería a lo que trabajosamente ingieren los enfermos o la pena que aflige a sus familiares en el bar cuando se enfrentan a esos bocadillos mustios necesitados de gotero.

Cada bandeja merece un análisis distinto. Sobre la primera bandeja, donde se deposita la dieta hospitalaria, poco tengo que decir: me remito a la Fundació Alicia y sus investigaciones. Entiendo que se diseña el menú según la dolencia.

Sobre la segunda bandeja recae la penitencia de los que, sin remedio, tienen que buscar en el restaurante de la institución para estar cerca de los pacientes. Comer en un plis plas para regresar al cabecero del doliente.

Pero algo de razón tenía aquel hombre criado en los claustros universitarios.
La impunidad con la que se construyen los menús escolares y los de los restaurantes de los hospitales (¿y los de los comedores de las fábricas y las oficinas y las cantinas policiales y militares?) es enorme. Y merecen denuncia. ¿Se puede hacer mejor? Seguro, aunque solo sea un poco. Puede ser más atractivos, puede ser más sabrosos y puede ser más saludables. Nada justifica que domine el rancho.



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Añadamos a la receta la amabilidad de los empleados. ¿Por qué esa sensación de maltrato donde manda el fast food? Jamás he visto sonreír a un cajero en los bares aeroportuarios. Otra vez esa misérrima sensación de ser ganado.

¿Y el periodismo gastronómico puede hacer algo por solventar eso? No.
Porque por parte de los operadores no hay voluntad de mejorar. Para qué si disponen de millones de clientes potenciales a los que nunca más volverán a ver.
Porque son espacios a los que se acude por necesidad y no por gusto. Pienso en los aeropuertos, sobre todo, pienso en los aeropuertos. Lugares de paso, en tránsito. Estancias mínimas y desconsoladas.
Si por tiempo y horario puedes ahorrar la ingesta en esas plazas, lo haces.


El 11º mandamiento debería ser: no comerás. No comerás en los aeropuertos, no comerás en los centros comerciales, no comerás en los hospitales, no comerás en los parques de atracciones.

Disparo con el precio: son carísimos, un abuso, se aprovechan del encierro de los monos. Nosotros somos los monos

La actitud del cliente es la resignación. ¿Tiene algo que decir las asociaciones de consumidores?



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La crítica gastronómica es imposible porque no hay espacio para el matiz, para el detalle, para la mejora. Es un NO absoluto, un no vayas, un no comas.

Otra cosa sería el experimento, un reportaje único y amedrentador en el que catar todas esas barbaridades más o menos comestibles y reventar. Nos reiríamos un buen rato.

  



Comentarios

  1. Un aeropuerto donde comí una excelente trucha (imposible en España) es el de Ljubljana en Eslovenia

    Saludos

    Wines Inform Assessors

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  2. Apuntado. Por cada éxito, miles de fracasos aeroportuarios.

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  3. En el de Tokyo Narita puedes comer muy buen sushi antes de los controles, el de anago es brutal, también en Hokkaido se come muy buen Ramen

    Saludos Pau

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  4. Sí, Adelf, comí un sushi excelente en Narita, aquí está la referencia: http://www.elperiodico.com/es/noticias/dominical/tokio-restaurantes-2393293

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