Postales romanas: Pizzarium + Romeo + Velavevodetto ai Quiriti + Gelateria dei Gracchi














Gabriele Bonci es una estrella que firma libros y pizzas, un cocinero de renombre sin restaurante, tan solo un mostrador en un calle gris. Fui con con un ritmillo en la cabeza: "Es la mejor pizza al taglio de la ciudad". Lo escribió en un correo Marco Bolasco, romano, periodista y gastrónomo.

Detrás del Vaticano, Pizzarium (Via della Meloria, 43), las colas señalarán el camino.


El periodismo tiende a la simpleza más que a la simplicidad y algún gastromono (léase con detenimiento el neologismo chimpancé) de la revista Vogue llamó a Bonci "el Miguel Ángel de la pizza". Son habituales estas monadas, que justifican en ese satinado mensual por la proximidad con la Capilla Sixtina. Precisamente, los frescos del Juicio Final acababan de ser pintados en mis retinas antes de la visión pizzera.


Lo llamativo del espacio es su pequeñez, lo que indica que no importa dónde estés porque el personal te encontrará si vale la pena. No sé si es más interesante estudiar esta propuesta como modelo económico (la excelencia a precio mini, a unos 6 euros el corte) o como actividad gastronómica (buena-buena). En lugar de complicarte la vida con establecimientos de postín, concentras todo tu saber en el resultado final, suprimiendo mesas y empleados.


Elegimos tres cortes y unas croquetas de patata. Llovía y trasladamos el cartón hasta el apartamento, próximo a la plaza de San Pedro. Triunfó el de higos y tocino ahumado, aunque no sentí el dedo de Dios como el Adán de Miguel Ángel. Las otras dos también fueron sobresalientes: patata con mozzarella y ricotta con calabacín.


¿La mejor pizza al taglio de Roma? Creo en la valoración de Marco.














































Roscioli (Via dei Giubbonari, 21) es una leyenda romana, propietarios de la célebre salumeria con cucina que atrae a gurmets con ansia de embutidos y quesos potentes y pastas lujuriosas.


Como unos Borgia coronados con prosciutto, los Roscioli gobiernan distintos negocios, entre ellos, Romeo (Via Silla, 26), la evolución hacia la modernidad del ultramarinos seboso. Decoración apoteósica, con decenas de luces colgantes que sugieren una nave extraterrestre o un homenaje a los espaguetis.


Panadería, colmado y restaurante, cortan el jamón de Joselito a precio de obra de Raphael (el pintor, no el cantante). Un día tomamos café y otro, cenamos. El Joselito lo compro en casa.


Mi entusiasmo es tibio porque el punto de la pasta más que al dente fue para dentaduras titánicas: demasiado dura.

Buenos raviolis con botarga y limón, spaghettoni Cavalieri a la carbonara en el que el guanciale parecía arrojado más que integrado (*), arreglados espaguetis con salicornia y cangrejo, una hamburguesa lujosa pero sin sabor, alcachofas, ricotta con cebollitas en vinagre y un platazo de salumi e formaggi della tradizione. Ese crudeza de los embutidos italianos siempre acaba agotándome, embutiéndome en grasas.


Por alguna razón que ignoro, la pimienta rosa ha resucitado en Roma, un producto del que se abusó entre finales del siglo XX y la primera década del siglo XXI, difícil de encontrar en las cocinas contemporáneas. ¿Tendrá algún significado? ¿Vuelve la cocina en rosa?














(*) Y eso que los Roscioli, mediante las manos del cocinero Nabil Hadz Hassen, se precian de vender una de las mejores carbonaras del mundo: una pequeña reflexión sobre la memoria, la tradición y el cocinero extranjero.































Parada dulce: Gelateria dei Gracchi (Via dei Gracchi, 272 y Viale Regina Margherita, 212). Otro lugar diminuto, con máquinas para dar la tanda. Un no parar de clientes con la lengua seca.

Marco Bolasco ("un gran helado artesanal siciliano") me mandó que tomase una terrina de almendras y obedecí: ligera y sedosa.




























No aparece en las guías, es un lugar sin más, osteria con cucina, Velavevodetto ai Quiriti (Piazza dei Quiriti, 5), hay decenas como este lugar (supongo). ¿O no? La comida fue excelente, excepto el tinto, Pradarolo 2008, un vino natural con exceso de acidez volátil: fue como masticar petazetas.


Cumplieron las flores de calabacín y las verduras rebozadas (sí, demasiados fritos), fue decente el saltimbocca y sobresalieron con las pastas, superiores a las de Romeo: tonnarelli cacio e pepe (magnífico), espaguetis con almejas y otra tanda de hilos enredados en profumo di mare, ese término-confuso-que incluye-un poco-de-todo-con-cáscara.















Parada dulce 2: Ciuri Ciuri (Via Leonina, 18). Íbamos camino de L'Asino d'Oro (Via del Boschetto, 73), estaba cerrado y apaciguamos el rebuzno con una especialidad de esta heladería. A pocos pasos o escalones de una visita imprescindible: el Moisés con cuernos, tallado por Miguel Ángel. Una lasaña resbaladiza, en un local elegido al azar, me dio ganas de embestir.




























Esta vista tiene un precio elevado. Primero, pagar la entrada al Castel Sant'Angelo. Después, un café pésimo.

El turismo es una forma de masoquismo con pantalones cortos.



























En los aeropuertos (con esta excepción tokiota) se come igual de mal que en los hospitales, solo que cinco veces más caro. El de Fiumicino es un buen ejemplo del apocalipsis. El bocadillo de porchetta nos calmó el apetito y dio un poco de tregua al malhumor gastronómico. Las patatas fritas y los arancini (bola de arroz) del puesto Pizza Chef eran de cárcel sin posibilidad de fianza.





Preparo un post sobre esas antesalas del infierno, aeropuertos, parques temáticos, autopistas, donde se traga por necesidad y con desesperación. El 11º mandamiento: no comerás.






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