Restaurante Costa Pacífico // Barcelona






















Costa Pacífico
Plaza de Sant Agustí Vell, 13. Barcelona
T: 93.631.70.62
Estilo de cocina: mexicana
Precio medio (sin vino): 20 €



Mejor el picante que el 'running'




En lugares como Costa Pacífico se necesitan muchas servilletas. Mancharse los dedos es inevitable; no hacerlo, una decepción.

Comer tacos o tostadas con cuchillo y tenedor es como ir a un concierto punk con gomina y raya al lado.

Paulina Arochi y Marc Duran, al mando también de la taquería y cantina Tlaxcal (pronunciar el nombre es luxarse la lengua), han puesto a flotar "el único restaurante mexicano de Barcelona dedicado 100% a la gastronomía costera".


La especialización es sensata en una ciudad mexicanizada y con transatlánticos como Oaxaca, Mextizo y Hoja Santa/Niño Viejo. Quieren enviar el mensaje de que el ceviche no es solo peruano. Al fondo, La Barrita, con un neón magnético, desde donde ver la desenvoltura del cevichero, Arin Luken.

Costa Pacífico es demasiado ruidoso para mi edad (y menos mal que no hay mariachis), pero la comida es de primera, ideada por Paulina y ejecutada por Rodrigo Arrioja (ex de La Coronela). Habla Marc de "un trabajo colectivo".

No me convence el blanco de Alella que me ofrecen para comenzar (ni el servicio del vino: el camarero tiene que trasladar la copa por el tallo y no por el cáliz; la copa debe de estar vacía y ser llenada ante el cliente) y me paso a la cerveza Cascabel.

La tostada con corvina -macerada con lima y axiote-, cebolla morada, col y cilantro tiene sorpresa: el adobo de la cochinita pibil de la abuela de Paulina, que había probado en Tlaxcal. Pescado y salsa se entienden bien. Siempre es estimulante alterar las tradiciones (con sentido común) y facilitar que las recetas se comuniquen. Para Paulina, estar lejos de México significa también ser más libre y no ceñirse al canon.

Sigue el aguachile verde de vieira, pepino y aguacate, que me hace sudar. Es una buena alternativa al 'running'.

Estoy resfriado y el chile serrano me libera la nariz como una aspiración de Vicks VapoRub.

Discuto con Marc sobre la conveniencia del picante. Él defiende la potencia; creo que tiene que aflojar. Me gusta mucho lo picajoso, pero no el hipo. En la mesa, por si hay comefuegos en la sala, una caja con tres salsas para las llamaradas.

El taco de atún se inspira en las carnitas de cerdo y se mueve en compañía del chile de árbol, la flor de hibiscus y un toque de miel que, por fortuna, no se nota: para comerse un camión. Repiten la estrategia de la tostada de corvina: lo marino visto desde tierra.

Sigo con el taco al estilo gobernador, una mezcla imposible de frijoles, huitlacoche y queso que funciona gracias al tamaño de los langostinos y su breve cocción.

Para acabar, el único taco carnívoro de la carta: la costilla de ternera adobada con chiles secos, cebollitas asadas y salsa de cerveza, una herejía en un restaurante marinero, pero que merece que nos sacrifiquemos. Qué trabajo, por Dios. Sabe de maravilla.

Los postres son de una contundencia no recomendable para finolis: la leche de coco con chía y mango (aplauso con dos cocos) y la crema de lima con galleta (carlota).

El taco como balsa sobre la que navegar por aguas bravas.



LO+

El juego de trasladar aliños de carne a lo marino.

LO-


Que no admitan reservas y la mala acústica.





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