Katmandú // El astrólogo, el chamán y el yogui







[Reportaje publicado en la revista Dominical el 16 de agosto del 2015 como parte de la serie Un lugar en la memoria]





Fue un viaje raro. Nosotros lo quisimos así. En Nepal visitamos los monumentos prescritos por las guías canónicas, aunque también tuvimos momentos de desafío espiritual.

Nos entregamos a un astrólogo en su despacho y a un chamán en una casa de madera con la familia sentada en un colchón.
Acudimos a una clínica ayurvédica donde, según dijo un médico con una convicción sin fisuras y guantes de goma, curaban la hepatitis, aunque aquellas personas con los ojos amarillos como lémures hacían desconfiar de la eficacia de esa medicina milenaria.

En un valle, encontramos cientos de aves y mamíferos pequeños sacrificados a Kali, matarifes que cortaban cabezas y regueros rojos en los que abrevaban moscas del tamaño de vacas.

En el río Bagmati vimos una cremación y piras consumidas, también a ascetas inmóviles que esperaban el fin del mundo con las piernas cruzadas.
En Godavari, las nubes fueron piadosas y nos permitieron el asombro del Everest.
En todas partes hallamos personas sonrientes con la hospitalidad áurea de los que conviven con los dioses. 

¿Qué habrá sido de aquella gente? ¿Cuántos sobrevivieron a los terremotos?

El turista es alguien que mantiene una relación cálida con los monumentos y fría, o distante, con los nativos.
Lamentamos el desmoronamiento de los edificios históricos, pero solo deberíamos llorar la desaparición de las personas.

Nada más aterrizar, el olor, ese olor. El tufo se describe muchas veces con la violencia seca del puñetazo: el de allí era más bien cachete sostenido. Una mezcla de especias y descomposición.

Solo nos despedimos de la dualidad odorífera en ese mismo aeropuerto tras el despegue. Es difícil acostumbrarse a la vida que fermenta. Y a hombres en cuclillas escupiendo desde cualquier sitio, incluso desde los techos de las casas. Ese ruido de la saliva expulsada con fuerza.

Alojados en el Hotel Yak & Yeti, que sugería bestias peludas y fue finura palaciega, quisimos impregnarnos de Katmandú con rapidez. El paseo nocturno nos llevó hasta la plaza Durbar entre estridencias y gente hormigueante.

Era mediados de septiembre y hervía el festival Indra Jatra, que sacaba a la población de sus viviendas para festejar al dios Indra y tenía como celebración culminante la adoración pública de la kumari, la niña diosa que habitaba un palacio del siglo XVIII hasta la pubertad, cuando perdía la gracia divina. En nuestro camino nos emborrachamos de colores. Esa embriaguez daltónica estuvo presente cada día.

La dejadez general de los espacios públicos era compensada por la vivacidad de los ropajes de las mujeres. Las estatuas de los dioses, y de los demonios, vigilaban la iniciación por las callejas. La simpatía por Ganesha fue inmediata: un dios con trompa resultaba más cercano y tierno que el de la corona de espinas.

En muchos escaparates se amontonaban los dientes. ¿Acaso los despachaban a peso? Eran negocios de dentistas de ocasión que vendían muelas y colmillos para desdentados pobres.

Al astrólogo lo vimos el quinto día. Para entonces habíamos hecho de turistas convencionales y nos habíamos fotografiado ante estupas, en monasterios budistas y en las plazas Durbar de Patan y de Bhaktapur, deslumbrados por los templos y los palacios y los tejanos afiligranados y las figuras, algunas, pavorosas; otras, sexuales.

Todas, en un enredo de piedra. En la memoria confundo las plazas. Los días posteriores al seísmo de abril, leí un texto del cineasta Bernardo Bertolucci en el que explicaba cómo ficción y realidad se solaparon cuando tras el rodaje de Pequeño Buda los nepalís decidieron conservar los escenarios: “Ahora, los escombros de una ciudad tan antigua se han mezclado con los escombros del cine que nosotros llevábamos allí”.

Vestido con camisa amarilla y tocado con gorro, el astrólogo recibió en un despacho que podría haber pertenecido a un contable. No había nada místico en la habitación sino libros con números.

La astrología, según nos contaron, era una actividad cotidiana. Nadie salía de viaje sin la preceptiva visita al hombre que sabía leer las estrellas y elaborar complejos cálculos. 

Nos acompañaba una tercera persona, una mujer. Su carta astral fue tan desastrosa que el hombre del gorro le sugirió que cambiara la fecha del nacimiento. Él le aseguró que en Nepal, en un caso de hecatombe íntima como el suyo, las autoridades permitían alterar la realidad. Falsificar la fecha de nacimiento era cambiar la suerte.

La mujer era de Zaragoza y contó su relación con la desventura. Le habían perdido el equipaje y vestía el mismo sari verde desde la llegada. El astrólogo adivinó que había estado a punto de ahogarse cuando era pequeña. Aquello la conmocionó, porque era verdad.

En su primera visita al Mediterráneo casi perdió la vida. Contó con gran vivacidad el dolor de la sal en la garganta. Al compartir esa evocación mientras escribía esto, mi mujer aseguró que esa desgracia le había pasado a la zaragozana en un río.

Cuando llegó nuestro turno estábamos muy preocupados, pero nos dibujó un halagüeño porvenir en el que yo iba a ser poseedor de una fábrica. No ha pasado aún. Sigo esperando ese momento en el que convertirme en gran empresario. He puesto la vista en Inditex. En uno de los papeles escribió: “Golden period”. Periodo dorado. Hace tanto de aquello que debe de hacer caducado.

Nuestra ruta por el más allá nos llevó cerca: hasta la casa de un chamán.
Era una vivienda lúgubre a la que se accedía por una escalera oscura.

Vestido completamente de rojo, el hechicero llamó a los espíritus con una pandereta gigante y otros instrumentos de percusión. Sentados en un colchón frente a nosotros, la mujer y los hijos contemplaban las evoluciones del brujo como parte de la rutina familiar. No sucedió nada anómalo. Los niños eran muy educados. Esperaron en silencio a que el padre acabara. A mí me tocó ser liberado de los malos espíritus. Me lo tomé como un peeling interior.

La sesión de yoga fue peor. Después de unas nociones básicas y unas posturas que nos limitamos a imitar sin talento ni fe, el maestro se metió un cordel por la nariz que sacó por la boca.

No sé si a él le resulto placentero: a nosotros nos pareció que había otras formas menos aparatosas de limpiarse.
El yogui se vino arriba y comenzó a sorber agua por la nariz que liberaba por la boca. Llenó una palangana.

¿Nos cambió en algo ese itinerario por el lado místico?
No creo, pero comprendimos que un país que habita tan cerca de los dioses es imposible verlo solo con los ojos pegados a la tierra.






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