Tortipizza de camagrocs // Una receta contada








Una tortilla de setas presentada de otra forma




Cocinar setas añade el placer de ir a recogerlas.
Las salidas a la montaña son familiares. Los que saben enseñan a los torpes. La consigna es clara: nunca hay que coger lo que no se conoce.

La satisfacción por lo que sucederá después, ya en la mesa, comienza mucho antes, cuando el cazador de esas presas inmóviles consigue zafarse de una zarza o esquivar una boñiga.

Hay que tener cuidado cuando la espesura se agita. Puede ser un jabalí, una vaca o un buscador con exceso de testosterona, que avanza como una apisonadora.

Tras la batida –siendo más respetuosos con el bosque que los seres azules de Avatar–, la hora de exhibir y compartir botín. Se descubre el interior de las cestas de mimbre: hoy son camagrocs (craterellus lutescens) y rossinyols (cantharellus cibarius).

En casa, ya desembarrados, lo más rápido es la tortilla, pero de otra manera.

Saltear ajos a láminas, piñones (amigas coníferas) y los camagrocs limpios. Picar zanahorias y judías, batir un huevo*** y añadir las hortalizas, sal y pimienta negra.

Extender sobre una sartén caliente: hacer solo una cara.

El resultado es una tortipizza, que aparece con ese nombre hasta en la carta del restaurante de un chef celebérrimo.

Cubrir la oblea con las setas y aromatizar con tomillo y romero. La base sirve para cualquier cosa.

Una pizza al minuto para cerrar una jornada redonda.




***El  huevo es más agradecido que un animal de compañía, aunque muchos lo trabajan con rutina. En esta receta se enriquece con verduras.













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