Vermut, hielo, lima







Me agobian las tendencias y huyo del borreguismo.

Todo lo que huele a moda y a totalitarismo estético me resbala.


No soporto la tónica, asocio el cupcake a la balística, soy un pésimo horneador de pan casero y los zumos verdes son el brebaje que adoraría la mula Francis (con esta asociación relinchadora delato mi edad).


Solo he sucumbido a la pujanza del vermut (sin la tentación de escribir un libro, ¿otro?). De joven bebí Martini blanco con hielo, aunque ese amargo se había disuelto en mi cerebro.


Con la recuperación del licor me he vuelto a aficionar y el vaso especiado es ya un ritual dominguero.


Mi fórmula es sencilla: chorrito de lima, el líquido negro y un par de hielos.


Lo asocio a relax y a fin de semana, a mejillones en escabeche, berberechos con gotas de salsa sriracha, buenas patatas fritas y anchoas desaladas y aliñadas en casa.


De los que he estado probando me agradan las distintas variedades de Miró (aunque me desconcierta que elaboren para otros), Partida Creus, Perucchi, Dos Déus y Cocchi, y tengo en la memoria el vermut a granel de la bodega Montferry.


Escucho el tintinar de los hielos y sé que es domingo.






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