Quiero ser sueco // Un cíborg en El Celler de Can Roca

















CÍBORG. Pasó hace unos meses en La Masia de El Celler de Can Roca, donde los hermanos Roca ensayan el presente para alimentar el futuro. Pruebas tan estimulantes, y exploratorias y emotivas, como robar aromas a libros viejos: usan mantequilla de cerdo y la máquina Rotaval. Han hecho pruebas con Viaje a la Luna, de Julio Verne, que es el autor indicado para una fantasía. Comerse 20.000 leguas de viaje submarino sería dar una dentellada al pulpo. El motivo del encuentro era conocer a Neil Harbisson, el primer cíborg con pasaporte. Neil, que padece acromatopsia, lleva conectada una antena en el cráneo que le permite ver los colores.



PRÓTESIS. Pelo panocha, pantalones amarillos, camisa negra con cuello de metal, americana gris, botas sin atar. Y el órgano externo doblado como una lamparilla de lectura nocturna. Lo primero que dijo fue sorprendente (antena aparte). “Quiero ser sueco”. ¿Por qué? “Porque los componentes de los implantes son suecos”. Esa reflexión de apariencia banal proponía pensamientos complejos. Si ya es difícil decidir de qué lugar nos sentimos, ¿los componentes artificiales del interior determinarán una procedencia distinta y alternativa? Una prótesis china y una norteamericana, ¿facilitará nuevas formas de ciudadanía?



CARILLÓN. Neil quería colaborar con Jordi Roca y se pusieron de acuerdo en un plato musical. Las pruebas a las que asistí prometían. Una superficie plana diseñada por Andreu Carulla que escondía un móvil con una app. A medida que la superficie transparente giraba, los productos –los colores de los productos– emitían unos sonidos que el teléfono traducía a notas. El cíborg, que es artista, compondría una canción. El color blanco era el silencio. Jordi había decidido llevar ese organillo multisensorial a San Francisco, una de las ciudades por donde pasará el Roca Tour este verano.



UÑA. Asistió al experimento el músico Pau Riba, amigo de Neil y de Moon Ribas, otra cíborg, bailarina conectada a los terremotos de la Luna. La mayoría de los mortales solo notan vibraciones cuando el teléfono protesta en los bolsillos. Pau parecía muy terrenal porque iba con sandalias pese al frío. Durante la comida, horas después, Neil contó que en una actuación en Nueva York tocaría las uñas pintadas de los pies de Pau. La revelación fue impactante: Pau llevaba los instrumentos al aire y de ninguna manera apetecía poner los dedos encima A finales de mayo sucedió en el Baby’s All Right de Brooklyn: hicieron un concierto con tratamiento pedicuro.



EXCEPCIONAL. Ese día, en Girona, Neil habló de un futuro implante dental para mover la antena con la lengua. Ahora lo hace con las manos: la acerca al objeto, o sujeto, en busca del color. Le vi alzar una ensalada –es vegetariano– por encima de los ojos para mirar con la antena. A Pau Riba le pareció “inquietante” que, más adelante, la antena pudiera desplazarse sola. La conclusión de aquel día fue que lo excepcional se convertía en lo cotidiano de otra persona. Algunos temen ir al dentista y otros son capaces de agujerear un diente para conectarse por bluetooth con el cerebro.











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