Príncipes de Girona




Hace un año, Anna Payet anudaba la corbata a Joan Roca en el hotel antes de salir para la gala.
Foto: Albert Bertran



[Este artículo fue publicado hace exactamente un año en El Periódico. Recoge las vivencias de tres días extraordinarios. En el segundo puesto, El Celler es número 1. Esto fue lo que pasó y lo que tendría que haber vuelto a pasar]




Los teléfonos solo estuvieron en silencio obligados por la aeronáutica, en el vuelo EZY8579 de Easyjet, que despegó de Londres a las 18.00 del martes. Desde la mañana, el móvil de Joan Roca estaba tan colapsado como la centralita del Celler, chamuscada por los intentos de reservas.


La web del restaurante había tragado más de 2.000 correos solicitando mesa y servilleta. Manel de la Rubia, que se encargaba del operativo, contestaba amable pero firme: «Lo siento, no tenemos mesas hasta…». Hasta noviembre entre semana o hasta abril si la petición era para un sábado. Un año de espera. En estos casos, la paciencia era más conveniente que el dinero.


En la puerta de embarque 111 del aeropuerto de Gatwick, los hermanos Roca conocieron la noticia más regocijante del día: «¡El Jefe ha hablado!». El Jefe era el padre, Josep, marido de Montserrat Fontané, la madre, la cocinera, la maestra. Y el Jefe no hablaba nunca, rehuía a los medios de comunicación. Esperó 25 años para expresar la alegría ante los extraños. Era la confirmación de que aquello era verdad. Que iba en serio. El mejor restaurante del mundo.


En la cola del finger, Joan parecía un boxeador tras un combate ganado. Estaba noqueado por el sueño, el cansancio y la felicidad. Por instantes se quedaba absorto. ¿Estás bien? «Estoy bien, liberado, relajado, tranquilo. Porque ya está, porque ya hemos llegado». Había algo en el brillo de los ojos: la conciencia de un cambio.


El único instante de reposo serían las dos horas de vuelo, si bien les habían encomendado una última tarea. Narrar en una libreta un pequeño texto sincero e íntimo sobre la experiencia, sobre los tres días en Londres, de domingo a martes.


Dos condiciones. La primera: el periodista solo los leería para escribir el reportaje.

La segunda: un hermano no podía saber qué contaba el otro. No cumplieron esa parte. Cotillas.

El fin era acompañar las imágenes que el fotógrafo Albert Bertran había tomado en las habitaciones del Hotel Jumeirah el lunes sobre las 17.00 horas, acicalándose para la coronación. Era Londres y la Reina estaba en palacio, ¿entonces? ¡Coronación! Príncipes de Girona.


Girona: una capital del mundo que retaba en lo gastro a Nueva York o Sao Paulo. Albert Adrià atinaba con la apreciación: «Un territorio pequeño que ha tenido dos campeones del mundo». El Bulli primero; El Celler, después. Algo insólito. El recurso fácil sería atribuirlo a la tramontana.

En el avión, el primero en tomar el boli fue Jordi, mientras Alejandra, Ale, Rivas, su mujer, se acurrucaba en la butaca contigua. La letra apretada y pequeña: «Nuestro equipo, el mejor del mundo, hace tiempo que lo sabemos. Este es un reconocimiento para ellos. Hace tantos años que nos acompañan, nos dan más de lo que pedimos. Se han convertido en mi familia. Son la gran familia del Celler».


Esa familia que aguardaba noticias desde el domingo, jornada que había transcurrido con sosiego, con una cena en Dinner, el restaurante de la superestrella Heston Blumenthal en el Hotel Mandarin cuyo plato bautismal era una… mandarina, rellena con hígado de pato y fuagrás.


Trasnocharon por culpa del servicio lento, compartiendo tertulia de madrugada con los amigos y colegas, Andoni Luis Aduriz, Quique Dacosta, Juan Mari y Elena Arzak, Josean Alija, Gastón Acurio. Todos ensayaban una sonrisa queratinosa para responder a la pregunta: ¿qué pasará?


La estancia en Londres seguía un programa. La cena colectiva del domingo. El desayuno del lunes en el Mandarin para dar a conocer la ópera gastro El Somni en compañía de los jefes de la productora Mediapro.
Una visita pim-pam a Hispania, el restaurante de Marcos y Pedro Morán, que comenzaba a despegar en la City a lomos del jamón ibérico.

El almuerzo organizado por Rafael Ansón, presidente del jurado español, en el club privado George. El vitello tonnato era malo y nadaban pirañas pseudoperiodísticas en torno a los invitados, intentando morder.
La anudadura de corbata y el abotonamiento del traje o armadura en el Hotel Jumeirah. El acto de The World’s 50 Best Restaurants en el Guildhall.
La parranda en el japonés Roka. La ausencia de sueño y, como despedida el martes, la comida con otros aristochefs en Sushi Samba, último acto de esa organización que mimaba poco o nada a los héroes del tenedor, en el piso 39 de Heron Tower.

Londres había sido generoso con tres días soleados y este fin de trayecto en lo más alto.


En lo alto estaban, en un avión. Una azafata los felicitó por megafonía, insinuando que el pasaje aceptaría una cena en El Celler. A Joan, sentado en la última fila, lo despertó esa enhorabuena low cost.

La libreta estaba en manos de Josep, Pitu, acompañado por Encarna, Xani, Tirado.

Antes, Joan había manuscrito con aplicada caligrafía: «Ahora mismo pienso que la yaya Angeleta habría dicho: ‘Estos ingleses están locos’. Pienso en los de casa, en Marc, en Marina [sus hijos], que nos esperan despiertos. Y en los padres. Pienso en todo lo que hemos vivido juntos, con Pitu y Jordi. Pienso en todos los que, como yo, han elegido este trabajo fascinante, a veces, ingrato y demasiadas veces poco reconocido. A ellos les querría dedicar este reconocimiento».

La comida en el club George había sido tensa y destemplada. El peruano Gastón Acurio y el brasileño Alex Atala pasaron un momento a comadrear. A Víctor Arguinzoniz, del asador Etxebarri, tímido, se le veía más incómodo que en chanclas sobre ascuas. Lo habitual era enterarse de algo durante ese refrigerio anual.

La información llegó, la información siempre llega, y es en manos de los irresponsables cuando se convierte en un sonajero, algo de lo que alardear. Si lo saben un par de pirañas, el festín comienza. El secreto fue cebo de webs, tuits y blogs.

Cuando Joan y Anna se besaron en un pasillo del club George, apartados del resto, estaban avisados de que sí, de que por fin. Y por suerte, porque la organización no tuvo la deferencia de advertirlos. Minutos antes de la gala, cuando era público, el jefazo de The World’s 50 Best Restaurants se aferraba a una ambigüedad infantiloide. «Parece que...».


Sobrevolando Francia, Pitu fue el último en apuntar y bajo el síndrome de la gratitud llenó tres páginas, aquí condensadas.
«Tres ideas. La primera es pensar en la emotividad que aún no he derramado. Girona espera. Sentimientos de alegría aplazados para desbocarlos en casa con el tuétano (padres y suegros) y el caviar (Martí y Maria), mis sabores esenciales que añoro, y el calor de la gente de casa. La felicidad de ellos será el detonante de la máxima felicidad. (...) El segundo pensamiento: protegernos del éxito. Somos tres. ¿Sabremos? El reto de la felicidad interior es certeza pero la coraza es necesario que sea rebelde, rocosa para no caer en el embaucamiento superficial de un mundo que vive acelerado y de una lista de restaurantes dulce y cruel. La lista es un vértigo que nos hará sentir altivos y que nos devorará antes o después. Hay que estar preparados. Y pienso en el país, que hoy ha despertado con una sonrisa plácida y cómplice».


Girona esperaba. El avión se posó con suavidad. Cuando abrieron la puerta, comenzó el ruido.



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