La verdad del beso







ESCORZO. La mujer china entra en el avión con el móvil en la oreja. En un escorzo, habla mientras carga un bolso y come patatas. Una mano sujeta el plástico del snack, la otra va sacando chips. Habla y come de una forma desagradable. Los pasillos del avión están repletos: la gente avanza por la senda y da maletazos a los que ya están sentados y no protegen las rodillas. La mujer habla por teléfono y come patatas y se sienta en medio de una fila de tres. Me he apartado al ver a la gorgona. Ella ni siquiera ha sonreído. Sigue a su rollo, gritándole a alguien, o puede que no exista conflicto, sino que sea su manera de comunicarse. Imposible saber de qué va la historia.


CHÁCHARA. Continúa con la cháchara mientras las azafatas hacen la correspondiente gimnasia con las instrucciones de seguridad. Cuando la sobrecargo ordena que los dispositivos móviles sean desconectados, ella se aferra  al suyo. La aeronave rueda por la pista. Una azafata hace las últimas comprobaciones. Al pasar, la conmina a que deje el teléfono. Ella simula obedecer y, cuando se aleja, se pega al trasto. He aguantado la mala educación, la descortesía, y le digo en un inglés bárbaro que obedezca. Al escuchar mi sequedad, hace caso. La tensión y el mal cuerpo ya no desaparecerán en todo el viaje. ¿Qué habría sido mejor, callar o atajar el desprecio de la mujer por la seguridad de los que volamos, incluida ella?


BESO. En Viena, nos dirigimos al Belvedere para admirar El beso, de Gustav Klimt. No somos degustadores de arte, sino de grandes éxitos. El museo ha tenido una buena ocurrencia: ofrecer en el vestíbulo una reproducción del cuadro a tamaño natural. Los visitantes se fotografían con él, se hacen selfies, cumplen con los mandatos del exhibicionismo contemporáneo.


TROFEO. Hay una pequeña multitud inmortalizándose ante el póster. Se comportan como si estuvieran ante el original, lo que demuestran que no les interesa el contenido sino el trofeo. Después, en la sala correspondiente, ignoran el oro de la obra verdadera. Se apelotonan menos personas ante El beso legítimo que ante el falso. La sociedad del simulacro es exactamente eso. ¿Para qué recurrir a lo auténtico si con la imitación es suficiente?


MANDO. La inexorable condición del mando de la tele. Antes o después acabará cayendo estrepitosamente al suelo.


LIEBRE. Voy a otro museo vienés, el Albertina, en busca de la célebre liebre de Durero. Es un cuadro pequeño, magistral: el animal, cinco siglos después, sigue vivo. La pieza se refugia en una sala oscura y solitaria junto a olvidados grabados de Miguel Ángel: alguien ha escrito con el dedo sobre el cristal polvoriento de una mesita. La mayoría de visitantes llenan la parte nueva, donde está la colección con nombres que cotizan. Solo les importa la caza mayor, exhibir capturas.


CABINA. Un hombre telefonea metido en una cabina. Hace años que no veía a nadie usar el icono de las antiguas comunicaciones. Al acercarme, la ilusión se resquebraja. Habla con el móvil y se refugia en esa vieja y obsoleta construcción.











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