La capilla del Liceu




















FÓSIL. Hubo un tiempo en el que Nicolas Cage era un actor estupendo y, encima, se parecía a Nicolas Cage. Ahora, deformado, y pariente en derrumbe profesional y físico de Mickey Rourke, compite contra sí mismo para que su próxima película sea peor que la anterior. En diciembre tuvo que devolver un cráneo de dinosaurio de su colección porque había sido robado de un yacimiento de Mongolia. Otros se conforman con trilobites como pisapapeles y él necesita la calavera de un Tyrannosaurus bataar. ¿El actor fósil busca la compañía de los congéneres?



ÓPERA. El Liceu planea convertir su anodina fachada en un imán en el deambular de hierro de la Rambla. El artista Frederic Amat colocará, si el buen gusto no lo impide, 170 cerámicas rojas con forma de herradura que graparán el edificio. La dirección del teatro apoya los herrajes, los ciudadanos no se han pronunciado, el Ayuntamiento duda, el conseller de cultura aplaude y los intelectuales –¿eso existe?– están divididos. Las voces disidentes se sorprenden de que no se hayan convocado un concurso público para el proyecto artístico. Amat llenó de ojos el Ohla Hotel en la Via Laietana tal vez para recordar que aquella es una calle de comisarías y vigilantes. La misma estrategia de cansancio por repetición es su propuesta para la ópera. He ido poco al Liceu aunque, por diversas circunstancias, he visitado al menos tres veces las partes ocultas al público. La belleza del lugar es obra de ingenieros: ver la maquinaria y el foso que la acoge es uno de los mayores espectáculos.



TOS. Por estadística, hay menos resfriados en una representación que personas con ataques de tos. No son cofs cofs de constipados sino de nerviosos.



CLUB. Uno de esos recorridos tras el escenarios tuvo  como formidable colofón una vista al Cercle del Liceu, club privado que se salvó de la quema. Así como el Liceu es público, el Cercle pertenece a los socios. Para acceder a esas instalaciones, pared con pared con la ópera, hay que estar invitado y disponer de una corbata. O apuntarse a una visita guiada al Liceu: háganlo.



SOGA. La corbata es una soga que mata poco a poco, con civilizada hipocresía, a diferencia de la horca, que rompe el cuello de golpe.



CAPILLA. La profusión de pinturas y esculturas del espacio modernista fundado en 1847 deja al visitante con la boca cerrada y los ojos abiertos. El premio mayor es la sala llamada La Rotonda, donde reposan 12 óleos de Ramon Casas (1866-1932). El personal anda ocupado intentando digerir los caramelos de Amat y el arte conmovedor está dentro. En penumbra, el afortunado que ha conseguido pasar las barreras se pregunta por qué es tan restrictivo el acceso al recinto. ¿Lo llamaríamos un lugar secreto? Su contenido es conocido, por supuesto, aunque ¿cuántos ciudadanos saben qué guardan aquí? Me senté, reposé, pensé: las capillas deberían de ser así. Los cuadros con luz y, el entorno, en la semioscuridad. Me levanté, miré cada una de las piezas, intente retener el momento porque sabía qué tardaría en regresar. Por si acaso, me he comprado una corbata.





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