Suicidio de un chef




El suicidio de un cocinero no es un género gastro, por más que insista la facción amarilla y huevona del seudoperiodismo.

Los comentaristas de mesa sin mantel han dado con la solución a un problema múltiple y complejo: los chefs de élite se quitan la vida porque no aguantan la presión de un oficio roído por el estrés.

Pienso en cirujanos y en pilotos de avión y en conductores de autobús y en arquitectos, de cuyas habilidades dependen vidas y no atino a compararlos con un chef, aunque un servicio genere más tensión que una merienda entre militantes de Podemos y Ciudadanos.

El periodismo, por desgracia, está hecho de prisas, y los acelerones de las redes sociales no contribuyen al sosiego. 

Ante cualquier suceso queremos tener respuestas definitivas a la orden de ¡ya!
La precipitación conduce a respuestas equivocadas.

La cocina está íntimamente conectada con la muerte pero no con la de sus practicantes.

¿Cuáles son las razones por las que alguien decide decir adiós de forma definitiva?
¿Quién lo sabe? Los íntimos, las familias, los médicos.

Quien sepa, que hable.
Los demás, respetuoso silencio.
Adiós, Benoît Violier.





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