Los 10.000





BANDERA. Una bandera es menos bandera sin viento.


PELOTA. “Ahora la pelota está en su tejado”. El periodista perezoso siente aprecio por los lugares comunes, expresiones que se descascarillan. Si la pelota va de tejado en tejado, ¿cómo la tocan los jugadores/políticos? Lo comprensible sería que el esférico pasara de mano en mano, de pie en pie, de campo en campo. En techo, tejado o techumbre, la bola queda quieta.


CONFORT. Otra de esas locuciones sobadas como una bola hecha con miga de pan: Zona de confort. Hay que salir de la zona de confort.Quien lo dice piensa que maneja conceptos ricos y que eso lo sitúa en un plano dialéctico superior. Solo es una frase de loro.


GRIFO. Detesto los grifos aerodinámicos, los tubo lisos que se activan con una célula. Los instalan en lavabos de bares, cafeterías y restaurantes para humillar. Multitud de hombres y mujeres –probablemente, más hombres tontainas– pasan las manos alrededor de los cacharros con la intención de activarlos. Parecen gestos de adoradores, aunque son palmadas de incompetentes.


LLUVIA. El arzobispo de Barcelona ha pedido a los capellanes que recen para conjurar la lluvia. Cuando la sociedad era crédula y suplicante, con temor por la magia, esos actos devotos eran igual de inútiles, pero la gente obedecía por si acaso. ¿Qué diferencia hay entre la danza de la lluvia de un aborigen americano y la plegaria de monseñor? Nada. Ambos están entregados a las supersticiones: los distingue la opulencia. Con esas tretas aún se apartan más de una sociedad, que –sí– está sedienta, y no solo de agua.


ORÁCULO. Primero fueron los periodistas políticos; después, los economistas. Es la hora de los politólogos, antes conocidos como Profesores de Ciencias Políticas. Son los nuevos oráculos, pronosticadores de futuro con bolas de cristal enteladas.


NIÑOS. Europa se ha tragado a 10.000 niños migrantes, según las informaciones de la Europol. ¿Cómo pueden desaparecer ¡10.000! menores sin que los busquemos por tierra, mar y aire? Podrían estar en manos de las mafias, dicen. Ah, vale. Ya está todo claro, ¿no? Tomemos unos whisquecitos, queridos políticos. Y unos habanos. No son nuestros niños, ¿verdad? Pues sí que son nuestros niños. No podemos imaginar que eso suceda –en Italia, en Suecia, en Europa, tan pulcra, tan segura, tan ejemplar– sin sentir un desgarro en el estómago. Esas chicas y chicos resucitarán: en los burdeles y en las calles donde menudea la droga. Porque no se han esfumado. Están en algún lugar. Han sido secuestrados. ¿Qué pasará cuando veamos sus sombras? ¿Por qué no buscarlos? ¿Acaso la policía no sabe por dónde comenzar las indagaciones? Y todos esos buenos europeos, blanquitos y respetables, clientes de los gánsteres, cocainómanos y puteros, ¿qué harán cuando los vean? ¿Usarlos, violarlos, destrozarlos?




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