Quinto, tapa fuet y pan de gamba // Pizarras (1)











Menú caligráfico


En época de ágrafos hay gente que escribe
a diario en lugares inverosímiles.

Narradores de la provisionalidad trazan
frases en la arena, que las olas borran
sin remedio: es la llamada literatura de
verano.

Dibujar en los cristales, sobre
el vaho, es aún más frágil. Un cambio
de temperatura desbarata el mensaje.

Se desprecian aquí los que, con el dedo
ocioso, pintan en el aire porque es imposible
descifrar qué cuentan y a quién.

Cada mañana, muchos desconocidos
pierden el tiempo en un oficio que se
diría que nadie practica, algo que las
imágenes de estas páginas desmienten:
la escritura sobre pizarras con la oferta
del menú.

La auténtica comida callejera
es la que expresan en voz alta los anuncios
con clarión, a veces colgados de la
pared; en otras ocasiones, en el suelo
–plantados, de pie– como un eslabón
de aquellos días en los que la publicidad
saludaba desde la acera.

Los hay de todas clases: con caligrafía
preciosa y con letras bárbaras, con
mayúsculas expansivas y con minúsculas
apretadas, detalladamente informativas
o poéticamente inconcretas, con dibujos
y con objetos (unas macetas o una
cuchara de madera), incluso con fórmulas
de inspiración matemática.

“Menú caníbal”. “Esmorzars lights”.
Poca gana”. “Menú especial 3ª edad”.

¿Cómo vender? ¿Es mejor la simpatía o
conviene la seriedad? ¿Los dibujitos son
tan monos –o cuquis, según la nomenclatura
del horror– que vulcanizan los
estómagos?

Enternecen los artistas de lo
cotidiano: sobre el negro dibujan –y de
forma muy competente– pizzas, sangrías,
chorizos, mojitos, pasteles o paellas.
Incluso ese recipiente sirve, a su vez,
como fondo de escritura.

Sacar las tizas de colores y comenzar,
equivocarse y borrar, y volver a escribir.

Es lo que los antiguos llamaban
palimpsesto.

El palimpsesto del siglo XXI es la pizarra
con el menú de mediodía del bar de
la esquina.







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